“¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!” (Confesiones)
“Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti . (Confesiones)
“Ama y haz lo que quieras”.
Amar de verdad es buscar el bien del otro y ese amor nace del interior de uno mismo.
Quise iniciar estas reflexiones con estas lapidarias frases de San Agustín, para indicar que toda verdadera teología nace de una experiencia de fe, de una experiencia de Dios. Esto es lo fundamental. El discurso, la reflexión, vienen después. En la Teología de la Liberación decimos: la teología es un acto segundo. El primero es el grito del pobre, del humillado, del que sufre. Es la escucha de ese clamor que pone en movimiento la reflexión teológica. Sin participación real en el sufrimiento del pobre, sin compasión real con sus sufrimientos, no puede haber teología de la liberación.
Y ésta fue la experiencia de San Agustín. De llevar una vida licenciosa –vivió unido a una mujer sin casarse, durante 15 años con la que procreó un hijo, Deodato -viene su conversión en Milán el año 386, al escuchar una voz infantil que le decía: “Toma y lee”. Eran las epístolas de San Pablo. Ya había oído predicar a San Anselmo, obispo de Milán.
Fue tal la conversión de San Agustín, impulsada en mucho por las oraciones y sacrificios de su madre, Santa Mónica, que llegó a escribir: “La medida del amor, es el amor sin medida”.
Así amó San Agustín a Dios, a Jesucristo, a la Iglesia después de su conversión. Por eso dedica toda su vida, su maravillosa inteligencia y capacidad para honrar a Dios, para bendecirlo, para demostrar que toda la historia es conducida por Dios y que en Jesucristo se cumple todo este maravilloso designio de salvación para toda la humanidad.
Esto es lo que San Agustín va a explicar. No se reduce su teología a unos temas, a unos aspectos de la revelación, a unas dimensiones de la fe cristiana. A San Agustín le interesa el Todo, la conducción total de la historia humana por la mano de Dios. Y esto es lo que intenta demostrar en su grandiosa obra: La Ciudad de Dios y en otros escritos.
Esto explica también por qué San Agustín entró en las cuestiones filosóficas; es un orador, un intelectual, un teólogo, un obispo, un santo.
San Agustín nace en Tagaste, África, el 13 de Noviembre del 354 y muere el 28 de agosto del 430 en Argelia.
La Ciudad de Dios
Lo que San Agustín quiere demostrar es la conducción total de la historia humana por parte de Dios. Para eso recurre a la metáfora de las dos ciudades: la ciudad terrena y la Ciudad de Dios. La ciudad terrena es la humanidad que se deja guiar por los impulsos ciegos de las pasiones, la ira, la venganza, toda clase de vicios, el egoísmo, el orgullo, la mentira, la falsedad, los robos, los asesinatos, las guerras, los placeres carnales. La Ciudad de Dios en cambio, es la humanidad que camina con los principios de la justicia, el amor al prójimo, el perdón, la verdad, la igualdad, la mansedumbre, el temor a Dios, la oración, Y sobre todo, San Agustín ve esto en el comportamiento de los cristianos, de los santos y mártires, de las vírgenes, de los primeros cristianos, de los apóstoles, tal y como nos enseñó Jesucristo.
Pero estas dos ciudades caminan juntas, a veces se mezclan en la misma ciudad, en la misma nación, luchan entre ellas. Es como la lucha entre el error y la verdad, la luz y las tinieblas, el amor y el odio. San Agustín va mostrando a lo largo de toda la historia cómo esto va ocurriendo y pone ejemplos de reyes, generales, sabios, filósofos, costumbres de los pueblos, tradiciones. San Agustín desentraña el camino a veces tortuoso que tiene que hacer la Ciudad de Dios para seguir adelante. Pero ésta al final triunfará, como fue el triunfo de la Resurrección de Cristo sobre la muerte y el pecado.
Su experiencia personal de vida licenciosa y su pugna con las corrientes filosóficas de su tiempo: maniqueos, platónicos, estoicos, donatistas, paganos, le llevó a profundizar en temas como el pecado, la culpa, la gracia, la razón, las pasiones, el cuerpo, el espíritu, el principio del mundo y la eternidad, los ángeles y los demonios, la revelación.
Pero también abordó cuestiones filosóficas como qué es el tiempo, el movimiento, la eternidad, lo perecedero de las cosas, el pasado, el presente, el futuro.
Dado su amplio conocimiento, pone ejemplos de la naturaleza o de la historia para argumentar el tema que está tratando. Para hablar de la vida eterna, o de la resurrección de la carne y no sólo del alma, pone ejemplos de la naturaleza para explicar el poder de Dios que ha creado todas las cosas y por lo tanto puede hacer posible lo que parece imposible.
Por ejemplo, el fuego tiene la cualidad de purificar, quemar, blanquear lo que está sucio, negro, deshacer lo que toca. ¿Por qué entonces, se pregunta, en el caso del carbón, el fuego hace lo contrario con la leña y vuelve negro lo que debería ser blanco y conserva lo que debería desaparecer?
Y en el caso de la cal, se pregunta ¿Por qué el agua que sirve para apagar el fuego, para enfriar lo que está caliente, en el caso de la cal, al recibir el agua la hace hervir y subir a muy altas temperaturas? ¿Por qué una misma causa produce un efecto en una materia y un efecto contrario en otra?
Y así pone muchos ejemplos de lo que parece imposible y no tiene explicación. Y entonces argumenta: si Dios puede hacer esto en cosas tan simples de la creación, ¿Cómo no va a poder hacer, Él, que es Todopoderoso, que resuciten no sólo las almas, sino también los cuerpos materiales sembrados en la tierra después de nuestra muerte? Y esto apoyándose en San Pablo, quien afirma que sembramos un cuerpo corruptible y resucitaremos con un cuerpo incorruptible a semejanza de Cristo. Y esto sucederá al final de los tiempos cuando llegue la Resurrección de los muertos (Rom 8,11-12); Literalmente San Pablo escribe así: “Del mismo modo pasa con la resurrección de los muertos. Al sembrarse es un cuerpo que se pudre; al resucitar será glorioso. Lo sembraron impotente, pero resucitará lleno de vigor. Se siembra un cuerpo animal, y resucita espiritual. Pues habrá un cuerpo espiritual lo mismo que hay al presente cuerpos animales” (1 Cor 15,42-45).
Sobre el tiempo tiene reflexiones profundas. Estamos acostumbrados a dcier: el pasado, el presente, el futuro. Pero en realidad, ¿Cuál es la verdad? ¿Por qué decimos que una flecha va rápido y una tortuga va lenta? En la música decimos que un ritmo va muy rápido y en cambio que otra obra es muy lenta. O ¿Por qué decimos que el tiempo se va rápido? ¿O por qué decimos en los estadios que un corredor es mucho más veloz que otro que corre lento?
San Agustín afirma: el pasado ya no existe porque ya pasó. El futuro tampoco existe porque no ha llegado. Y el presente tampoco existe, porque cuando decimos ahora, al cerrar los labios, ese momento ya pasó, no existe. Entonces, lo único que existe es el movimiento. Y el tiempo es el número de movimientos según un antes y un después.
O con el inicio de la creación ¿Qué hacía Dios en todo el tiempo durante miles y millones de años antes de la Creación? Dice el Génesis: “Al principio Dios creó el cielo y la tierra (Gn1,1) ¿Al principio de qué? Se pregunta San Agustín, y responde: “al principio del tiempo”. Porque antes de la creación no había tiempo. La eternidad no es tiempo. El tiempo nace con la creación de las cosas, del mundo. Entonces no se puede preguntar ¿Qué hacía Dios antes de la creación? El tiempo es una dimensión constitutiva de las cosas creadas.
Y en cuanto a la conducción de la historia por parte de Dios, San Agustín demuestra lo que quiere afirmar, con los mismos argumentos que parecerían probar lo contrario. Las guerras, la caída de Roma bajo Alarico, las barbaries y atrocidades que se cometieron en las naciones que probarían que entonces no hay Dios que guíe o cuide a las naciones, para San Agustín son argumentos a favor para decir: “¿Ya ven que sin Dios no pueden hacer nada, más que barbarie y masacres? Y en la llegada de otro rey, general o emperador ve la mano de Dios que endereza el camino que iba torcido. Por ejemplo, el rey Ciro, persa, que liberó y guio al pueblo de Israel y ayudó a reconstruir la ciudad de Jerusalén.
Esto mismo afirma de sus grandes sabios como Sócrates, Platón, Aristóteles, Cicerón, Virgilio, Marco Aurelio, quienes exhortan a llevar una vida de virtud, de principios morales, de hacer el bien y no el mal. Inclusive, de hacer el bien a quien te hace el mal, como dirá Cristo más tarde en los evangelios o en las Bienaventuranzas.
Y aquí, toma de los salmos expresiones que afirman su argumentación. Y cómo estos fueron escritos cientos de años antes de Cristo, y no habían visto lo que iba a suceder, por ejemplo, la caída de Roma o la venida del Mesías.
Pone salmos que hablan de la crucifixión o la resurrección.
La caída de los ángeles buenos convertidos en demonios o la caída del hombre en el pecado, con todo el mal que encierra, tiene una enseñanza para la humanidad: que la soberbia lleva a la muerte, y que la desobediencia acaba en la perdición y que entonces el camino sabio y correcto es el temor de Dios y su adoración como nos enseñan los libros de la sabiduría, los profetas, San Pablo y los Evangelios.
En la Teología de San Agustín todo tiene un lugar: la libertad, el pecado, la Gracia, la predestinación. El hombre en su libre albedrío y en sus decisiones se juega su destino, y esto siempre ayudado de la Gracia de Dios. Pero como para Dios no hay tiempo, Él ya sabe en qué van a parar las decisiones buenas o malas que tome el hombre.
Eso lo vivió personalmente San Agustín con su vida desordenada de su juventud como cuenta de manera impactante en Las Confesiones. El sufrió en carne propia el combate terrible entre el espíritu y la carne, entre la Gracia y sus pasiones desordenadas, entre la verdad a la que aspiraba y su conducta desviada. Por esto en su conversión reafirma la Gracia de Jesucristo que tanto nos amó, en la verdad de la Iglesia que ha sido constituida dispensadora de estas gracias del perdón y la reconciliación.
Basten estas breves pinceladas para entender por qué San Agustín es un Padre de la Iglesia muy respetado y honrado en la Iglesia. Es un teólogo que enseñó con autoridad por su argumentación y por su lucidez. Ciertamente en su uso de la Biblia, la toma al pie de la letra, pero no podemos exigirle los aportes que vienen de los métodos histórico-críticos del s. XX. A San Agustín lo debemos situar en sus coordenadas históricas, geográficas y culturales de su tiempo y desde ahí valorar su aporte.






