San Agustín: el hombre, el teólogo, el santo (I)

Entre los pensadores en la historia del mundo no podemos descartar a San Agustín. No sólo por su ingenio maravilloso, sino por la variedad de temas que trata en su colosal obra, así como por la influencia que ésta ha ejercido durante casi dieciséis siglos en el mundo de la religión, la teología, la cultura, la filosofía, la academia, la política y la sociedad en general.

Los escritos de San Agustín comprenden 114 obras, 270 Cartas, 296 sermones y la Ciudad de Dios que se extiende a lo largo de 22 libros. Esta obra la compuso del año 413 al 426.

Y los temas que trata son tan variados como Réplicas, comentarios, cartas a personas ilustres, Tratados, Cuestiones, Exposiciones, sermones, Las confesiones y su obra monumental La Ciudad de Dios, que es una interpretación de la historia del mundo, a partir de las Sagradas Escrituras y desde su fe y amor a Dios.

Han pasado dieciséis siglos de su muerte y San Agustín se sigue estudiando en la Universidades y en las Facultades de filosofía y teología.

En el momento actual tenemos un Papa agustino, León XIV; entonces parece oportuno que echemos una mirada a este Padre de la Iglesia, San Agustín, Obispo de Hipona.

Me propongo escribir una tríada sobre San Agustín. Son apenas unas pinceladas acerca de su persona y de su obra, no es nada sistemático.

  1. San Agustín, el hombre
  2. San Agustín, el teólogo

III.          San Agustín, el santo

  1. San Agustín, el hombre

Algo que caracteriza la vida y la obra de San Agustín es que el obispo de Hipona es un buscador, alguien que se pone constantemente preguntas, alguien que busca explicaciones de todo: lo divino y lo humano, el cuerpo y el espíritu, el tiempo y la eternidad, los ángeles y los demonios, Dios y la creatura, la materia y el espíritu, la vida y la muerte, el pecado y la Gracia, el principio y el fin de todo, el cambio y lo permanente, el libre albedrío y el destino.

Ya con esto podemos acercarnos al espíritu que habitaba a San Agustín y a los derroteros que tomó a través de su vida: maniqueo, neoplatónico, académico, convertido, cristiano, obispo, santo.

San Agustín no es una persona a quien le es dada la realidad, sino un hombre que cuestiona todo, vive las corrientes filosóficas de su tiempo: Maniqueísmo, Neo-platonismo, donatistas, cínicos, cristianos, paganismo, y ya dentro, las cuestiona para abandonarlas como hizo con el maniqueísmo o con el neoplatonismo en Cartago.

Seducido por la vida de las representaciones teatrales y los juegos en Cartago, fue seducido también por los placeres carnales, la música, los banquetes, las tertulias y las discusiones filosóficas con los amigos. Ese fue el ambiente de juventud de Agustín y del que no quería salir. Tiene una expresión irónica que refleja muy bien su lucha entre la razón y el placer carnal. En una oración dice: “Hazme casto, Señor, pero no ahora”.

No contento con los estudiantes en Cartago donde fundó una academia, se trasladó a Roma para ver si allá los estudiantes eran más serios y disciplinados. Allá también enseñó en la Academia, pero tampoco quedó satisfecho por el poco interés de sus alumnos.

Se fue a Milán para escuchar a San Ambrosio, obispo de aquella ciudad. Él dice, “iba a los sermones del obispo Ambrosio, no por oír el Evangelio, sino por disfrutar y aprender de su oratoria, de su elocuencia”. De hecho, dice que la primera vez que leyó la Biblia le pareció simple, con mucha imaginación, como algo no digno de tomarse en serio.

Agustín oye insistentemente que Roma cayó por culpa de los cristianos. Al grado que –y esto lo escribe en La Ciudad de Dios- todos los males que acosan a Roma, decían, vienen por culpa de los cristianos. Había un proverbio vulgar: “si no llovía, era por culpa de los cristianos[1]”.  Ya convertido a la fe cristiana en la que, como sabemos, mucho influyó su madre Santa Mónica, y a ruegos oportunos e inoportunos de su amigo, Marcelino, tribuno militar y cuestor en Cartago, convertido al Cristianismo, quien le pide que sea él, Agustín y no otro, quien escriba una defensa del Cristianismo, decide escribir esta gran obra que le llevará doce años de su vida, quizá la más fructífera como intelectual.

Agustín busca la verdad, quiere estar convencido de lo que vive, de lo que cree, y por eso ahonda en la más diversas cuestiones.

Para eso echa mano de todos los escritos de historiadores y filósofos antiguos, desde Platón, Homero, Porfirio, Marco Varrón, hasta Cicerón, Virgilio, Horacio y, por supuesto, la Sagrada Escritura. Conoce a todos los dioses tanto griegos como romanos y el culto que les es dado y cómo han influido en guerras, cultos, placeres y en la misma República Romana y sus leyes.

Otro rasgo de San Agustín es que en cada cuestión, por ejemplo: la creación, el pecado, la culpa, la libertad, la Resurrección, por sólo citar algunas, él dialoga y discute con todos los que se oponen a lo revelado por Dios en las Sagradas Escrituras y que enseña la Iglesia; discute con todos los que niegan lo que la fe cristiana afirma. San Agustín sabe de dialéctica y la aplica en cada argumento que da a favor de la fe cristiana.

De esta manera esgrime argumentos tomados de los mismos autores paganos, de filósofos que afirman lo que él afirma, de la experiencia de la vida humana, de la ciencia en sus diversas vertientes y termina refutando los errores con abundantes citas bíblicas del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Es asombroso ver cómo San Agustín saca de los salmos muchas afirmaciones que apoyan las verdades sobre las que él está discutiendo. Y después de largas reflexiones y argumentaciones pregunta a sus interlocutores si con eso basta o debe añadir alguna otra cosa. Digamos que San Agustín tiende a ser prolijo.

Pongo un ejemplo: la fe en la Resurrección. San Agustín confronta a los no creyentes con los hechos y pregunta: ¿Cómo es posible que si toda la Cristiandad -y muchos autores aún paganos- han aceptado la fe en la Resurrección, haya todavía un puñado de gentes o pueblos que no la aceptan? Si la Resurrección fue atestiguada con grandes milagros en la naciente Iglesia ¿Cómo hay alguien que no la acepta? ¿Cómo es posible que de un puñado de apóstoles, en su mayoría personas simples, sin instrucción alguna, pescadores, haya nacido y se haya propagado por todo el mundo la fe en Cristo muerto y Resucitado? ¿Cómo explicar esto si no se acepta la Resurrección de Cristo?

Con argumentos semejantes a éste y otros en clave filosófica, San Agustín va llevando su raciocinio para probar la verdad del tema que está tratando.

Un tercer rasgo de San Agustín es que conoce la historia y la cultura de su época como pocos. Esto le da la libertad de hablar de los dioses y sus atributos, de los generales y emperadores, de las intrigas palaciegas del Imperio Romano, de las guerras y sus miles de muertos, de las venganzas despiadadas y divisiones en todos los gobiernos, de los filósofos e historiadores y la información que aportan sobre el argumento que está tratando, de las costumbres de los diversos pueblos, de las fábulas y leyendas que fue encontrando en los más diversos ámbitos: la religión, la cultura, la filosofía, la literatura, la ética, la moral.

En cuanto a la Biblia, así dice San Agustín, se apoya en la traducción “del presbítero Jerónimo”. Es interesante rememorar aquí la traducción de la Biblia llamada Septuaginta, la traducción de la Biblia del hebreo al griego para los creyentes judíos que vivían fuera de Palestina y ya no entendían el hebreo.

Sobre esto hay una leyenda. Que bajo el reinado del rey Ptolomeo II Filadelfo (285-246) en Alejandría de Egipto se tradujo la Biblia del hebreo al griego. Y este hecho se debió a que un tal Demetrio de Falerón, filósofo y político ateniense, refugiado en Alejandría y a quien se debe la fundación de su famosa biblioteca, pidió al rey Ptolomeo que se incluyeran en ella los libros sagrados de los hebreos. Para esto, Ptolomeo escribió al Sumo sacerdote de Jerusalén, Eleazar, que le enviara personas instruidas en ambos idiomas. El pontífice le envió a 72 ancianos eruditos, 6 por cada una de las 12 tribus (inexistentes ya en ese tiempo), para que hicieran la traducción. El rey envió a los 72 ancianos desde Egipto a Jerusalén e hicieron la traducción en 72 días. Después el número se redondeó a 70 y por eso se llama “La Septuaginta”[2].

Esto es más bien una alegoría de un hecho real: la traducción de la Biblia del hebreo al griego. Se inició el año 250 a.C. y se terminó el 105 después de Cristo[3].

Esto no quiere decir que San Agustín es un historiador en el sentido estricto de la palabra. De hecho los autores especialistas en San Agustín reconocen errores en su obra, pero no es ésta la intención de San Agustín, sino más bien, su intención es teológica, como veremos en el siguiente apartado.

Basten por ahora estos tres rasgos de la personalidad de Agustín para ubicar al ser humano que dio origen a Las Confesiones y a la Ciudad de Dios. Ya en los otros dos apartados de esta tríade irán apareciendo algunos pequeños rasgos humanos del Obispo de Hipona.

[1] San Agustín, La Ciudad de Dios =Editorial clie= Barcelona, 2017, Pág. 17

[2] San Agustín, o.c. Págs. 1005-1006.

[3] San Agustín, o.c. Pág. 106