¿Qué va a pasar con los cristianos y la Iglesia en Nicaragua?

09 de Enero de 2026

[Por: Pedro Lanzas]




La Revolución sandinista nos sorprendió a muchos sacerdotes por la participación masiva del pueblo nicaragüense, en su mayoría con profundas raíces religiosas, lideradas por la Iglesia católica. Las iglesias libres o evangélicas llegaron después, la mayoría en franca oposición al proceso revolucionario.

 

Esta experiencia nos llevó a muchos católicos a reflexionar y a comprometernos, desde una visión crítica, en el proceso de profundas transformaciones ideológicas y culturales que vivía el pueblo.

 

La Teología de la Liberación fue el horizonte inspirador de este proceso de cambio de mentalidad que vivíamos muchos cristianos en los primeros años de la Revolución. Un hecho destacado en este proceso fue el encuentro de teólogos de la liberación en Brasil. En él, Dom Pedro Casaldáliga, obispo poeta de San Félix de Araguaia, tuvo un gesto profético. En medio de la asamblea se puso la casaca verde olivo que portaba una guerrillera sandinista invitada al encuentro. Con este gesto quiso legitimar esa experiencia atractiva para una Iglesia que surgía llena de vitalidad en América Latina.

 

Esta experiencia fue arrasada por la política conservadora promovida desde el Vaticano. Otros hechos destacados fueron aconteciendo en el proceso de la Revolución. Fray Betto, religioso dominico, visitó Nicaragua en distintas ocasiones.

 

En su primer viaje se encontró con Fidel Castro; en ese encuentro se inició un proceso de diálogo que fue abriendo caminos de reflexión y entendimiento entre la Revolución cubana, a la luz de la experiencia de la participación de los cristianos en el proceso nicaragüense, y la rica y llamativa experiencia mayor de la Iglesia brasileña, vanguardia de la Teología de la Liberación.

 

Tuve la oportunidad de visitar Cuba en noviembre de 1980 para dialogar con la generación joven del Partido Comunista y compartir con ellos las razones que nos motivaban, desde mi experiencia como cristiano, a participar en los procesos revolucionarios que vivíamos en Centroamérica.

 

Cuando alguno de los jóvenes militantes quedaba a solas conmigo, confesaba con cierta nostalgia su origen cristiano y su participación en la Iglesia, que tuvieron que abandonar por el proceso de formación ideológica como militantes del partido. Esta experiencia la silenciaban cuando se encontraban con el grupo de militantes. Este fue el primero de una serie de encuentros y visitas que pude hacer a la Isla, y que me permitieron acompañar el proceso que el pueblo y la Iglesia cubana han vivido. La primera experiencia fue el contacto con una Iglesia asediada y controlada por el régimen. Los pocos sacerdotes, en su mayoría extranjeros —un buen grupo de ellos españoles—, tenían una mentalidad conservadora y preconciliar. Los feligreses mayores también eran reservados y controlados.

 

Había pocos jóvenes en las celebraciones y la mayoría se mantenía muy distante de la Iglesia. Esta realidad fue cambiando. La participación de los cristianos en Nicaragua y la corriente de la Teología de la Liberación también llegaron a Cuba. La percepción de la religión por parte del partido fue tomando nuevos derroteros. Las visitas de Fray Betto a la Isla se hicieron más frecuentes.

 

La publicación del libro Fidel y la religión abrió una nueva realidad en el trato oficial del hecho religioso. Pude comprobar este cambio en mis diferentes visitas. Sentí menos control sobre la práctica religiosa y un ambiente de mayor tolerancia y libertad para los cristianos.

 

Este proceso de visitas y de diálogo abierto de dirigentes del partido con diversos agentes de pastoral, en especial de la Iglesia latinoamericana, culminó con la reforma de la Constitución cubana. De la declaración de un Estado confesionalmente ateo se pasó a declararse un Estado laico y aconfesional. Teóricamente, fue un salto de calidad.

 

Los jóvenes militantes del partido organizaron encuentros con teólogos progresistas, especialmente de América Latina y Estados Unidos. Tuve la oportunidad de participar con el primer grupo de teólogos y teólogas de Estados Unidos, de distintas confesiones, invitados para compartir los motivos que la fe cristiana nos da para el compromiso con los pobres y la liberación integral de los seres humanos. Seguí visitando la Isla para impartir temas de formación bíblica, tanto en la Iglesia católica como en la evangélica. En estos encuentros sacaba tiempo para visitar las diferentes experiencias de pastoral. Acompañado de amigos con las mismas inquietudes, buscamos dialogar con altos miembros de la jerarquía católica y con los más altos responsables del partido encargados de los asuntos religiosos.

 

Tuvimos la valentía de hacer propuestas tanto a la jerarquía de la Iglesia como a los altos dirigentes del partido para formar equipos de reflexión teológica en la tradición latinoamericana y ofrecer acompañamiento a los militantes del partido inquietos por el despertar de la fe en el contexto que vivía la Iglesia latinoamericana. Tanto la Iglesia como la dirigencia del partido se negaron a acoger nuestra propuesta.

 

El partido dio pasos destacados en el diálogo personal con François Houtart, sacerdote católico y profesor en la Universidad de Lovaina. Se organizó un centro de análisis del hecho religioso y se envió a un grupo de militantes a formarse en Sociología de la Religión en la Universidad Católica de Lovaina. Fruto de este diálogo, el régimen permitió la entrada de un buen grupo de comunidades de religiosos y religiosas y se abrió a un acompañamiento más cercano con la comunidad católica.

 

Aceptó la asesoría de destacados teólogos para organizar las visitas de los tres últimos Papas a la Isla, cuidando detalladamente los signos más que los mensajes que ofrecieron al pueblo de Cuba.

 

Mi conclusión de estas experiencias La religión y la fe son una realidad intrínseca a la persona; sobreviven más allá del racionalismo del Siglo de las Luces, de la ideología del marxismo ortodoxo y del control de los regímenes que tratan de manejar la fe y la religión para legitimar ideologías autoritarias de distintos signos y tendencias, tanto de izquierda como de derecha. Lo más radical y profundo de una persona inspirada en una fe religiosa o en la pertenencia a una comunidad cristiana es la libertad.

 

Es importante no olvidar esta experiencia por parte de los líderes de los pueblos y no caer en el error de querer convertirse en dirigentes de esos sentimientos profundos del ser humano, pues esa práctica, sin la menor duda, provoca el rechazo del pueblo al sentirse manipulado o, peor aún, al querer dirigir y controlar el pensamiento de los cristianos con signos seudorreligiosos o con imposiciones ideológicas foráneas a las raíces culturales del pueblo, lo que a la larga produce un rechazo mayor.

 

La participación destacada de los cristianos en el proceso revolucionario entusiasmó a una gran parte de quienes habían despertado a la fe con compromiso social, gracias al proceso de renovación conciliar y, sobre todo, a los documentos del episcopado latinoamericano reunido en Medellín en 1968, en especial a los teólogos de la liberación. Este proceso estimuló a Fray Betto, quien con frecuencia visitó Nicaragua, aunque sin mucho éxito en su propuesta de aportar a la formación de los cuadros sandinistas con el propósito de asumir críticamente la realidad de la Revolución.

 

La publicación del libro Fidel y la religión le permitió ganar en Nicaragua un destacado prestigio, como se lo manifestaron los dirigentes sandinistas en una visita que hizo al país después de presentar el libro públicamente en Cuba y tras la acogida que tuvo en los sectores progresistas de América Latina. Betto se ofreció para aportar a la formación de los cuadros partidarios del sandinismo.

 

La evaluación que le hizo el responsable de la formación del Frente fue negativa. Betto hizo esta reflexión evaluativa de sus visitas a nuestro país con las siguientes conclusiones: si el tema religioso no se trata con respeto y profundidad, si no se le da el valor que tiene en la cultura latinoamericana, si se intenta orientar con simples consignas propagandísticas, sin la profundidad que merece, la Revolución sandinista se va a enfrentar con serios problemas en su historia, como se han enfrentado los países del Este europeo. La dirigencia del Frente no tiene interés en el tema religioso. Por mi parte —afirmó Betto—, no regreso más a Nicaragua. No he encontrado acogida en los responsables del partido ni interés en formar a los futuros líderes de la Revolución en un pensamiento serio para asumir e integrar el desafío de la participación de los cristianos y aceptar el hecho incuestionable de la participación de muchos cristianos, conscientes de su fe, en la Revolución.

 

El Frente Sandinista no se tomó en serio la experiencia de los cristianos en el proceso revolucionario para incorporar toda la fuerza renovadora que ofrece el Evangelio en un compromiso liberador. No supo acoger la fuerza de la fe y de los movimientos cristianos comprometidos con la justicia y la liberación de los pobres. El pueblo nicaragüense, con profundas raíces cristianas, no se va a dejar manipular por los líderes políticos, por más que se esfuercen en orientar y dirigir las experiencias religiosas con signos de la tradición católica o evangélica, ni en articular una cultura sincrética con una visión esotérica y una simbología mítica, como los Árboles de la Vida.

 

La fe no se agota en un sincretismo ideológico creado para justificar proyectos que van contra la dignidad humana y los derechos fundamentales de las personas y de los pueblos. La fe, como expresión del sentido más profundo de la persona —el alma—, no se deja manipular fácilmente para formar parte de una cultura impuesta sin respeto a los sentimientos más profundos del ser humano: su libertad.

 

La lógica de los regímenes autoritarios es someter la conciencia de la gente, lo que produce, irremediablemente, frutos contrarios a esas propuestas. Ejemplos los tenemos en Cuba: después de 60 años de régimen socialista, la Iglesia sigue viva y los cubanos aspiran a vivir su fe en un régimen de libertad que respete los derechos fundamentales de la persona.

 

La misma respuesta podemos observar en los países que fueron dominados por el socialismo real; el pueblo ruso hoy se manifiesta profundamente religioso. En Nicaragua, parafraseando la consigna de la copresidenta, “ni pudieron ni podrán” terminar con una tradición religiosa. Por más que se empeñen en desconocer la fuerza y el liderazgo de la Iglesia católica en medio de las contradicciones históricas de sus líderes, ningún régimen apoyado en ideologías autoritarias ha sobrevivido al mensaje humanista y de profundo calado profético del Evangelio de Jesús de Nazaret.

 

Para muchos herederos de la renovación del Concilio Vaticano II y de la Teología de la Liberación, el fracaso del sandinismo como propuesta de cambio y transformación social es un trauma difícil de superar. Pero nos queda la esperanza de seguir aportando los grandes valores del Evangelio para construir una sociedad libre, en la que el respeto a la dignidad humana sea fuente inspiradora de un comportamiento que oriente la construcción de una sociedad basada en el bienestar de sus ciudadanos y en un proyecto de desarrollo integral, que promueva una espiritualidad holística, incorpore el respeto entre los ciudadanos y fomente una sana convivencia con la casa común: la Madre Tierra.

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