La paz y la guerra

23 de Abril de 2026

[Por: Matías Soares]




El mundo sigue el enfrentamiento entre el Papa León XIV y el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. El primero clama por la paz. El segundo vive buscando la guerra. El primero confía en el mensaje del Evangelio. El segundo, en la fuerza de las armas. El primero proyecta valores humanísticos. El segundo, valores económicos. Podemos seguir presentando estos contrapuntos, con la consecuente claridad de nuestra elección y su validez; pues, como discípulos de Jesucristo, la paz es un don que confirma la Era verdaderamente mesiánica, en la cual el Reino de Dios está aconteciendo, y cuya principal característica es la existencia de la paz (cf. Jn 20, 19.21.26; Mt 5, 9). Los hijos de Dios y discípulos de Jesús están del lado de la paz. No justifican la guerra ni las armas; pues quien a hierro mata, a hierro muere (cf. Mt 26, 52). La guerra fomenta todo aquello que puede conducir a la destrucción de la propia humanidad.

 

En esta línea de reflexión, considerando esta tradición semítica, siempre me llamó la atención, en las dos ocasiones en que fui a Israel para cursos de actualización sacerdotal, el hecho de que cuando entramos en un avión de las compañías aéreas de ese país, el saludo inmediato es este: Shalom —¡Paz! Segundo Mackenzie, “el verbo cognado del sustantivo significa cosas como terminar, completar, pagar; así puede decirse que la palabra significa, en general, plenitud, perfección, o más precisamente, una condición a la que no le falta nada. Era el saludo común y expresión de buenos deseos. El israelita concebía la paz como un don de Yahvé y, como tal, se convirtió en un concepto teológico. Se debe esperar la paz perfecta de la salvación mesiánica. El Mesías es el príncipe de la paz (cf. Is 9, 5-6), y en su reino habrá paz sin fin” (cf. John L. McKenzie, Diccionario Bíblico, p. 704). En una tradición en la que el saludo de paz es tan importante, su práctica permanente convive, sin embargo, con la realidad de las guerras.

 

La Iglesia, con su construcción teórica, tiene como presupuesto la conciencia de la urgencia de la paz. En su historia, por razones circunstanciales, ha estado involucrada en situaciones beligerantes, especialmente cuando su autoridad espiritual se confundió con el poder temporal. Durante el período medieval hasta el inicio de la modernidad, la necesidad de autodefensa hizo que conflictos atravesaran las fronteras eclesiásticas, como en el caso de las cruzadas. Desde el final de la modernidad hasta nuestros días, especialmente después de las dos grandes guerras mundiales (1914-1918; 1939-1945), se ha desarrollado un magisterio sistemático y permanente de la Iglesia contra la guerra. Como fundamento de esta breve exposición, remito a dos referencias que justifican claramente las recientes posiciones del Papa León XIV: la encíclica Pacem in Terris (11/04/1963) del Papa Juan XXIII y el discurso de Pablo VI ante la ONU (04/10/1965). Sin duda, existe mucho más magisterio petrino sobre el tema, como los mensajes para la Jornada Mundial de la Paz cada 1 de enero, pero aquí, por razones metodológicas, nos limitaremos a estas dos referencias.

 

Ambos documentos se sitúan históricamente en el contexto de la Guerra Fría, con sus bloques estadounidense y soviético, y sus ideologías capitalista y socialista. En la actualidad, estas configuraciones sistémicas se repiten con nuevos actores globales, como China, y en el caso de Medio Oriente, Irán e Israel. Además, cabe recordar la denuncia del Papa Francisco de que vivimos una “tercera guerra mundial en fragmentos”. En este sentido, las palabras de Juan XXIII siguen siendo plenamente actuales: “La paz en la tierra, anhelo profundo de todos los hombres de todos los tiempos, no puede establecerse ni consolidarse sino en el pleno respeto del orden establecido por Dios” (Pacem in Terris, Introducción). El paradigma es teológico; la perspectiva, la de la Palabra de Dios y la Tradición viva de la Iglesia, que, atendiendo a los “signos de los tiempos”, ofrece su enseñanza a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, conscientes de la urgencia de la paz. El Papa denunciaba que “contrasta clamorosamente con el orden perfecto del universo el desorden que reina entre los individuos y los pueblos, como si sus relaciones mutuas no pudieran regularse sino por la fuerza” (Pacem in Terris, 4).

 

En la continuación del documento, el pontífice aborda cuestiones antropológicas y relacionales que exigen el respeto de los derechos personales y sociales, tomando como punto de partida la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). Afirma que una convivencia humana auténtica requiere reconocer que cada persona es un ser dotado de inteligencia y libertad, con derechos y deberes universales, inviolables e inalienables (Pacem in Terris, 9). Más allá del derecho internacional, se subraya la necesidad de que las naciones respeten los derechos de cada ciudadano en su propio orden jurídico, siempre en función de la dignidad humana.

 

En la tercera parte, que constituye el enfoque específico al que deseo llamar la atención de cada lector, dado que el Papa León fue acusado de manera insensata de “no saber de derecho internacional” y de limitarse a “tratar de teología”, cabe señalar que sus actos y palabras se sitúan en plena continuidad con los de sus predecesores. En este sentido, resulta pertinente acoger lo que afirmó el Papa Juan XXIII sobre los principios que deben regir las relaciones entre las comunidades políticas: “Queremos confirmar con nuestra autoridad las reiteradas enseñanzas de nuestros predecesores sobre la existencia de derechos y deberes internacionales, sobre la obligación de regular las relaciones mutuas entre las comunidades políticas según las normas de la verdad, la justicia, la solidaridad efectiva y la libertad. La misma ley natural que rige la vida individual debe regir también las relaciones entre los Estados” (cf. Pacem in Terris, 80). Cuando los países más ricos adoptan actitudes de irrespeto y ejercen violencias contra el orden internacional que debería ser respetado, otros pueblos, etnias, minorías e incluso civilizaciones pasan a ser amenazados de destrucción masiva, como ha ocurrido recientemente. En este contexto se comprende la afirmación del Papa León al calificar como “inadmisible” cierto tipo de narrativa. Surgen entonces cuestiones de extrema gravedad moral, que muestran cómo las atrocidades cometidas en las últimas guerras mundiales siguen latentes en la mentalidad de “tiranos” que pretenden dominar el mundo por la fuerza.

 

Refiriéndose a las relaciones internacionales, el pontífice afirmaba que “es necesario tener en cuenta que, también en materia de relaciones internacionales, la autoridad debe ejercerse para promover el bien común, pues esta es su propia razón de ser” (cf. Pacem in Terris, 84). En caso de que dicha autoridad se base exclusiva o principalmente en la amenaza o en el temor al castigo, o en la promesa y el ofrecimiento de recompensas, “no conduciría eficazmente a los seres humanos a la realización del bien común. Y, aun si lo lograra, ello repugnaría a la dignidad de seres dotados de razón y de libertad. La autoridad es, ante todo, una fuerza moral” (cf. Pacem in Terris, 48). El bien común, que “consiste en el conjunto de todas las condiciones de la vida social que permiten y favorecen el desarrollo integral de la personalidad humana” (cf. Pacem in Terris, 58), pasa a ser entendido también en el ámbito de las relaciones internacionales como el conjunto de medios que deben emplearse para el desarrollo integral de los pueblos. Posteriormente, el Papa Pablo VI desarrollará esta idea del magisterio social en la encíclica Populorum Progressio (El progreso de los pueblos). A partir de estas definiciones, contamos ya con fundamentos suficientes para analizar filosófica y teológicamente los ordenamientos de la geopolítica contemporánea, a la luz de los principios —aún plenamente actuales— establecidos por el Papa Juan XXIII y retomados en las enseñanzas más recientes del Papa León XIV.

 

Desde el inicio de su ministerio petrino, el Papa “americano-latino”, ya que durante más de veinte años vivió en Perú, país vecino, donde también obtuvo la ciudadanía, ha mostrado que el tema de la paz le es profundamente significativo: “¡los saludo con una paz desarmada y desarmante!”. Contamos ya con elementos suficientes para prever que su pontificado estará marcado por este tema. Aquello que fue advertido por el Papa Francisco, respecto al escenario de “guerras en fragmentos”, está siendo afrontado por él con gran valentía y libertad, en contraste con la acusación irrespetuosa del presidente estadounidense, que lo calificó de “débil”. Ha dejado en claro que no teme ni está al servicio de los tiranos de nuestros “tiempos sombríos”, tal como los describía Hannah Arendt al analizar los regímenes absolutistas del fascismo y del nazismo. En aquel mismo contexto, ella ya había señalado al Papa Juan XXIII como una figura destacada por la necesaria compasión hacia la humanidad de su tiempo. Comenzamos a percibir que León será una de las grandes personalidades de la actualidad que, a la luz del Evangelio, llevará una voz de esperanza al corazón de una humanidad desorientada y herida por las violencias de nuestra Era.

 

Algo que sintetiza esta tercera parte de la encíclica, y que responde a algunos cuestionamientos sobre la inquietud del Papa al tratar temas relacionados con la guerra, es la afirmación de Juan XXIII, quien, citando a su predecesor Pío XII, sostuvo que: “Nada se pierde con la paz; pero la guerra todo lo puede destruir” (cf. Pacem in Terris, 116). Y reafirma que, “como Vicario de Jesucristo, Salvador del mundo y autor de la paz, interpretando los vivos anhelos de toda la familia humana, movidos por el amor paterno hacia todos los hombres, consideramos deber de nuestro ministerio suplicar encarecidamente a todos, y sobre todo a los jefes de las naciones, que no escatimen esfuerzos mientras el curso de los acontecimientos humanos no se conforme a la razón y a la dignidad del hombre” (cf. Pacem in Terris, 117). Más allá de las preocupaciones que atraviesan las narrativas de la administración Trump, es necesario tener presente que estos discursos del Papa León están también vinculados a su visita apostólica a países africanos que viven de manera constante en situaciones de conflicto. El drama no se dirige únicamente a los Estados Unidos, sino que constituye una palabra profética dirigida al mundo entero.

 

En línea de continuidad con el pensamiento de Juan XXIII, se encuentra el discurso del Papa Pablo VI ante la Organización de las Naciones Unidas, que merece una lectura atenta; pues en él se halla no solo lo que este organismo de las naciones debe ser para el mundo, sino también el papel espiritual y moral de la Iglesia en aquel contexto y en nuestros días. Ante la ONU, Montini afirmó que “Nuestro mensaje quiere ser, ante todo, una ratificación moral y solemne de esta noble Institución. Este mensaje proviene de nuestra experiencia histórica. Es como ‘técnicos en humanidad’ que llevamos a esta Organización el respaldo de nuestros últimos predecesores, el de todo el episcopado católico y el nuestro propio, convencidos, como lo estamos, de que esta Organización representa el camino necesario de la civilización moderna y de la paz mundial” (cf. Discurso, 1). Esta confirmación pontificia aporta a nuestro planteo la ratificación de que la ONU debería ocupar el lugar de mayor relevancia en el respeto y la defensa del derecho internacional; sin embargo, su cuestionamiento —como hemos visto de manera reiterada por parte del presidente— responde a un propósito estratégico vinculado a sus intereses. Esta desarticulación, incluso mediante la iniciativa de crear otro organismo que favorezca tales intereses de carácter imperial, resulta nociva y destructiva

 

Ambos textos son complementarios y describen la postura asumida y defendida legítimamente por el Papa actualmente reinante —León XIV—. Resulta digno de mención su declaración, realizada poco después de haber sido atacado por el presidente estadounidense, cuando, interrogado por un periodista durante un viaje a los países que iba a visitar, afirmó: “no pretendo entrar en confrontaciones políticas con él”, refiriéndose a su adversario. El Sucesor de Pedro es consciente de su misión. Ha dejado claro que continuará abordando el tema de la paz a la luz del Evangelio, cuyo mensaje, ya señalado en nuestra introducción, es claro: “bienaventurados los que promueven la paz” (cf. Mt 5,9). Antes que él, también Pablo VI afirmaba en su discurso ante la Organización de las Naciones Unidas que “no tiene ningún poder temporal ni ambición alguna de entrar en competencia con vosotros. De hecho, nada tenemos que pedir, ninguna exigencia que formular, sino únicamente un deseo que expresar, una autorización que solicitar: la de poder serviros en aquello que corresponde al ámbito de nuestra competencia, con desinterés, humildad y amor” (cf. Discurso). Asimismo, añadía: “para nosotros, ante todo. Bien sabéis quiénes somos y, cualquiera que sea vuestra opinión sobre el Pontífice romano, conocéis nuestra misión: somos portadores de un mensaje para toda la humanidad. Y lo somos no solo en nuestro nombre personal y en el de la gran familia católica, sino también en nombre de los hermanos cristianos que comparten los sentimientos que aquí manifestamos y, especialmente, de aquellos que han querido confiarnos explícitamente la tarea de ser sus intérpretes” (cf. Ibíd.). Esta relación de continuidad, fundada en una “justa hermenéutica”, como enseñó Benedicto XVI, resulta fundamental para mantener la comunión y permanecer atentos a la Verdad en una época marcada por las posverdades y las polarizaciones ideológicas.

 

Ante todo esto, y ya a modo de conclusión, hemos estado leyendo en estos días los Hechos de los Apóstoles, y vale la pena destacar una de las características del estilo de vida de las primeras comunidades cristianas: “perseveraban en escuchar la enseñanza de los Apóstoles” (cf. Hch 2,42). Para nosotros, los católicos, los Papas son la continuidad de la sucesión apostólica. El ataque al Papa constituye una ofensa a la Iglesia en su catolicidad. En el reconocimiento de la paz como un signo del Reino de Dios —que debe ser buscado y defendido por cada discípulo de Jesucristo y, en caso de no ser cristiano, por todo ser humano de buena voluntad—, tal falta de respeto se convierte en una violencia contra la humanidad, pues encontramos aquí dos personificaciones: el Papa León —la paz— y el presidente Trump —la guerra—. Como ya nos enseñaba el Papa Francisco, necesitamos un “nuevo humanismo”. La lucha por la paz trasciende ideologías y concepciones particulares. Es un don de Dios para quienes tienen fe y una conquista cotidiana para quienes aman la justicia. Como cristianos, en sintonía con el auténtico magisterio de la Iglesia, abracemos esta tarea y, a la luz del Evangelio, seamos promotores de la paz.

 

Así sea.

Pbro. Matías Soares

Párroco de la parroquia de Santo Alfonso María de Ligorio
Natal – RN
Capellán de la UFRN

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