Dolor y gloria

02 de Mayo de 2026

[Por: Rosa Ramos]




“Confía en el tiempo,

que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”

Miguel de Cervantes en Don Quijote de la Mancha

 

“Dolor y gloria” es un conmovedor film de Pedro Almodóvar, lleno dolor y poesía, ¡de vida!, que además termina bien, y nos anima a confiar en el tiempo, al igual que Don Quijote. Es que, si le damos tiempo, la vida se acomoda. Claro que para muchos ese tiempo escasea, se acaba en la infancia o “antes de tiempo” para encontrar salidas dulces. Quizá, además, aunque no sé si es preciso aclarar, no es el tiempo solo el que hace el milagro, puesto que el tiempo para los humanos es historia y construcción, oportunidades que se nos regalan, libertad y coraje para acogerlas.

 

Recientemente he leído varios libros, he participado de diversas actividades, y he tenido significativos encuentros… Todos los tenemos, seguramente, pero es necesario detenerse para meditarlos, pasarlos por el corazón y hacer una hermenéutica de los mismos para que no se nos vuelvan objetos de rápido consumo y descarte. Voy a aludir a algunos de los que he vivido y contemplado para compartir ecos, resonancias interiores que pueden, quizá, provocar otras.

 

Empiezo por el impacto de la novela de Margarita G. Telesca: “Minestrone, una historia de amor”. La autora es uruguaya, narradora de varias obras muy bien escritas, con una prosa muy poética, diría “femenina”, por la delicadeza, sensibilidad y discreción maternal con que retrata a los protagonistas. Otra característica, para mí fundamental, es que Margarita no inventa personajes para sus libros, escribe a partir de realidades, de personas concretas que viven o han vivido esas peripecias humanas y que son paradigmas del dolor y la gloria en sus vidas cotidianas.

 

Una vez que tuve “Minestrone” en mis manos no pude dejar de leerla hasta el final. Es la historia de su propia familia de inmigrantes, comienza en 1890 con la partida de Génova de Antonio y Catalina, más varios hijos pequeños, y termina en el siglo XXI con la autora cocinando junto a sus hijos. En no muchas páginas recorremos tres siglos, uno entero y dos fragmentos, donde las mujeres, sus labores cotidianas -en especial el cocinar- son las protagonistas de esa historia de amor. Detrás de ellas se deja ver el contexto histórico, la cultura y los lentos cambios sociales en un pequeño país, en el interior, además.  

 

Catalina, María y Lilí son las protagonistas principales, aunque hay muchas historias entrelazadas con las suyas. Cuánta lucha y cuánta resiliencia, cuánto silencio, cuánto confiar sin certezas en un futuro que diera dulces salidas a las muchas dificultades que padecieron. Ciertamente hubo mucho sufrimiento, pero una apuesta insobornable a la vida y al amor: ¡dolor y gloria! Dicho en términos cristianos, hubo cruz y resurrección. En la entrega anterior recordábamos una canción de Nana Mouskouri que decía: “el dolor pasa, pero el amor permanece”.

 

Cito otro libro, esta vez de un varón cantautor, poeta, narrador Rubén Olivera: “Cuando el pasado deja de ser reciente”, presentado en estos días, hablando de la resistencia y la memoria, en el primer capítulo afirma el autor algo que tiene que ver con esa capacidad de tantas mujeres de no dejarse vencer o morir de dolor e impotencia: “Pasado el momento en que había tanta muerte que no daba el tiempo para vivirlas, fueron tejiendo la trama de la memoria”.

 

Precisamente al terminar la presentación del libro -entre tanta concurrencia- me encuentro con Alicia, de quien no recordaba su nombre ni ella el mío, pero nos reconocimos y yo sí recordaba su historia. Nos abrazamos, recordamos el pasado, compartimos algo más del “después” y me dijo con una sonrisa amplia: “Tuve una vida de mierda, pero aquí me ves”. La vi fuerte, la vi resistiendo y resiliente. Lo que yo recordaba claramente era que a los veintidós años había quedado viuda cuando mataron a su esposo por la espalda en una marcha estudiantil, era maestra y ya madre de dos criaturas. Sus hijos eran adolescentes cuando volvió a enamorarse y tuvo tiempo de ser feliz y madre otra vez; la sorprendí cuando le dije que ese tercer hijo también fue alumno mío dieciocho años después y en otro lugar. Lo que yo no sabía es que hace ya diez años falleció Andrés, el hijo que tenía meses cuando mataron al padre. Alicia tendrá unos setenta y cinco años, representa muchos menos, se jubiló, escribe, publicó un libro hace dos años. La vi de pie, entera. ¡Dolor y gloria!

 

Otra hermosa y valiente mujer, Alejandra, falleció hace un mes. Su partida, un tanto apresurada, nos descolocó a su querida familia y a tantos amigos. En tanto vamos procesando su muerte, vamos leyendo su vida en perspectiva. Personalmente en Ale veo cumplida la sentencia del Quijote; aún era “joven”, y con su prodigalidad podría haber dado mucho más, pero tuvo tiempo de ver dulces salidas a tantos escollos que la vida puso en su camino. Ale fue sin duda una luchadora, y siéndolo no perdió jamás la ternura y la sonrisa, ni la capacidad de abrazar y buscar salidas para otros.

 

Tuve el “privilegio”, si cabe el término, de acompañarla en su casa las cinco últimas horas de su lucidez, sin conciencia de ello o tomándola a medida que pasaban las horas. Fui la última persona que vio a Ale caminar, bajar las escaleras para recibirme y subirlas diciendo “camino medio robot”, yo subía detrás en vilo. Tuvimos tiempo para tomar té en la cocina y sol en la terracita, contemplar un cielo de azul intenso: “como de mayo, o de Roma” -dije- “como de Grecia” -acotó ella- y nos reímos recordando un viaje que imaginamos una vez, pero no hicimos juntas. Tuvimos tiempo para más… repasamos nombres, muchos nombres de personas queridas, grupos, lugares… cada vez con voz más baja y lenta, pero con más ternura si cabe.

 

Estoy convencida de que las últimas palabras y gestos de una persona son tu testamento, si bien cada día, con cada palabra y actitud escribimos aquello que queremos legar y testimoniar. Ahora sé que no eran sólo para mí esas horas y aquella mirada de Ale, aquella sonrisa suya, su repetirme muchas veces “qué lindo que estés aquí” o “gracias”, las recibí yo, pero eran para todos sus tantísimos afectos. Interpreto ese tiempo privilegiado como su testamento, el repaso de nombres y lugares fue, sin duda ya, su despedida agradecida. Comparto el tesoro de la iluminación de su rostro al nombrar a su nieta Ambarita y al decirme: “Mis hijos son unos soles”. Llegó a hablar por teléfono con su hija y su pregunta con un hilo de voz me impactó: “piscineaste hoy, hija?”. Ese neologismo refería a si había disfrutado de la piscina, pero no era una pregunta, era su legado: “sé feliz, hijita”.

 

En el correr de esas pocas horas, Alejandra fue quedando helada y rígida, se estaba muriendo ante mí. No lo sabía, pero quizá lo intuía, porque socráticamente fui ayudándola a repasar su vida y darla por “muy buena”, parafraseando a Dios en el Génesis. No sé cómo y con qué audacia la llevé a recordar la escena final de una película, la recordó y como la protagonista concluyó: “¡es el amor!”. Esas fueron sus últimas palabras con plena lucidez aquella tarde, aunque partió un día después. Con infinita dulzura y magistralmente cerraba su testamento, como la gran docente que fue.

 

Acaba de salir la edición española de “¡Viva la poesía!” de Francisco, se trata de textos recopilados por Antonio Spadaro, y esta edición ha estado a cargo de Encarnación Esteban, mi amiga Nani de Murcia, libro traducido y prologado por ella. Allí nos recuerda que “…el papa Francisco invita a los poetas sociales a no callar, a seguir escribiendo, narrando, soñando, porque en cada palabra justa, en cada historia verdadera, en cada verso que consuela o denuncia, resuena el eco del Evangelio, la buena noticia de que otro mundo es posible.”

 

No me ha llegado aún más que el prólogo, regalo de Nani, pero al leerlo ya lo disfruto. Veo reafirmado el valor de las obras de Rubén Olivera, Margarita G. Telesca, Alicia Jaime y tantas otras y otros. Por eso también yo me atrevo a contar historias o fragmentos de ellas, recogiendo la verdadera poesía-evangelio, plena de dolor y gloria, que es la vida de personas capaces de confiar y de luchar por dulces salidas a grandes dificultades.

 

Imagen: https://media.traveler.es/photos/61376dc9c4f3d957866687a4/master/w_1600%2Cc_limit/139414.jpg

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