[Por: Víctor Herrero | Cuadernos CJ]
La crisis medioambiental actual es un fenómeno de enorme complejidad, debido tanto a la multiplicidad de factores involucrados como a la escala geográfica de sus impactos que, en el caso de los atmosféricos, alcanzan una dimensión planetaria. A esto se suma la extensión temporal de las transformaciones en curso: no hablamos de días o meses, sino de decenios y de tendencias a medio y largo plazo. Esta magnitud dificulta tanto su análisis como su comunicación; de hecho, no es de extrañar que el escepticismo ante el cambio climático se alimente, con frecuencia, del desconocimiento. Si a esto añadimos los retos sociales que se retroalimentan con los ecológicos, la «crisis socioambiental» –en palabras del papa Francisco1– se alza como el mayor desafío para la humanidad en el siglo XXI.
Frente a un reto de tales dimensiones, es de esperar que todos aquellos capaces de aportar una contribución positiva se unan en la búsqueda de alternativas: movimientos ecologistas, partidos políticos, científicos, organizaciones ciudadanas, jóvenes y estudiantes. Todos estos grupos son ya interlocutores habituales en el diseño de políticas medioambientales. A ellos se suman las tradiciones religiosas, que promueven actitudes de admiración y respeto hacia la naturaleza y la vida humana. Con distintos énfasis y convicciones, las religiones ofrecen un mensaje de esperanza para este tiempo al destacar la vinculación de la vida y los vivientes con el Creador, y poseen una notable capacidad de movilización y de promoción de comportamientos éticos que favorecen la justicia socioambiental…
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