El misterio y los tiempos

12 de Julio de 2026

[Por: Rosa Ramos]




“… para Dios un día es como mil años y mil años como un día” (2 Pe. 3, 8)

“Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el sol…” (Ecl. 3. 1)

 

El tiempo es un tema fascinante, lo ha sido -y es- para la filosofía, para la literatura, para la ciencia. Y, por supuesto también lo fue hace milenios para los autores de la Biblia.

 

De lo que he leído sobre el tema en distintos campos, un libro que heredé y atesoro es el de poemas de Líber Falco titulado “Tiempo y tiempo”. Y hace algunos años también me atrapó “El aroma del tiempo” de Byung Chul Han. Pero no escribiré sobre estos libros ni sobre otros, la reflexión de hoy surge sencillamente a partir del asombro ante los tiempos lentos. Ellos me transportan -a través de preguntas, la mayoría sin respuestas- al Misterio.

 

Estamos muy acostumbrados a la velocidad en nuestras ciudades occidentales, así como a la ansiedad que conlleva, conformando ambas un círculo vicioso. Vivimos al ritmo de la eficacia y de la ansiedad, y es de conocimiento público que recurrimos a químicos para estar más despiertos y a otros para dormir. Cuando entramos en contacto con otras culturas tenemos que “bajar varios cambios”, nos resulta muy difícil aceptar “lo lento”, lo que lleva mucho tiempo para desplegarse.

 

Hemos casi abandonado, con honrosas excepciones, las “labores” lentas, como tejer, bordar… y hasta en muchos casos cocinar; en pocos hogares se hacen aquellos platos que llevaban una mañana entera preparar o que se empezaban a elaborar el día anterior. Contamos con la ayuda de muchos artilugios en la cocina que aceleran los procesos, si es que no optamos por comidas rápidas o directamente por comprarla. Pero no sólo no tenemos tiempo “para perder” en estas labores lentas: tenemos poca paciencia para escuchar el discurso entrecortado de un anciano que busca los recuerdos y las palabras para articular su relato. Cuando no se le dice: “eso ya lo contaste, abuelo”.

 

La velocidad y la eficacia, la competencia y el poder, o por el poder, parecen ser las claves de las sociedades occidentales. Por supuesto que deseamos velocidad y eficacia para un diagnóstico precoz, para una intervención quirúrgica capaz de salvar una vida. O para encontrar personas con vida tras los trágicos terremotos o cruentos atentados. Tantas veces es necesaria la eficacia, como tantas veces por servirla, olvidamos lo verdaderamente importante: las personas concretas.

 

Quizá nos hace falta más humildad para contemplar lo lento y sobre todo la lenta evolución de la que somos parte, la humanización que por momentos parece encallar, pero de la que, simultáneamente, podemos ver destellos por doquier y volver a confiar, a “esperanzar” (P. Freire).

 

Esta semana tuve la gracia de escuchar relatos de lentitud, de paciencia para esperar o para llegar. Y, en un caso supuso también un ejercicio propio. Con una amiga íbamos a dar un taller de tres horas en otra diócesis, trabajamos dos o menos, pues los ritmos previos fueron lentos. Sin embargo, ese retraso nos permitió durante el almuerzo oír relatos de unas religiosas en su destino anterior: norte argentino y sur de Bolivia. Contaban cómo recorrían a caballo enormes distancias entre montañas, atravesando ríos. Trayectos que les suponían diez y doce horas de cabalgata, bajo el calor o el intenso frío, guiadas por un lugareño, conocedor de territorio y de los caballos. Para visitar otras localidades recorrían igual cantidad de horas a pie, lo hacían a veces conversando, otras cantando o en silencio. Sin duda otro ritmo, otro manejo del tiempo que vivían con naturalidad.

 

También esta semana me asomé a lo lento del crecimiento de los cardones, cactus enormes, tipo suculentas con espinas, cuyo nombre científico es “leucostele atacamensis”, propios de Bolivia, norte de Chile y nordeste argentino. Yo los vi en La Rioja hace varios años, 2018, en ocasión de la beatificación de los mártires; me impresionaron, pero no tuve una clase sobre ellos. Ahora la tuve a través de unos amigos que están visitando Salta. Comparto lo aprendido y la reflexión provocada.

 

Al sur de la provincia de Salta se encuentra el Parque Nacional Los Cardones de 10.000 hectáreas. Lo interesante es que estas plantas tardan cincuenta años en crecer y florecer, por tanto, en dar semillas. Cada cardón libera cientos de miles de semillas, pues sobrevivirá una sola cada ochenta mil, siempre que tenga la suerte de caer cerca de un arbusto, la jarilla, que le proporcionará la humedad necesaria, la protección del sol y de la nieve. Tardará entre ocho y diez años en alcanzar diez centímetros… y, si todo va bien, como ya dije, cincuenta para llegar a ser un cardón “adulto”.

 

En esas regiones, de vegetación, colores y dimensiones tan diferentes a las de mi paisito, el paisaje casi desértico -perdonen la ignorancia si digo una barbaridad- impone distancia y silencio. Sobre todo, impone un tiempo, un ritmo diferente, que será propio también de sus habitantes.

 

Las categorías de tiempo y espacio que siempre que las pensamos suelen perturbarnos, lo hacen allí mucho más. A la vista, a lo lejos, sólo montañas, cerca, llanuras inmensas y cardones. Al oído, silencio. Pero aún más perturba, asombra, ¿maravilla?, el saber el tiempo que tardan en crecer estos cactus, la necesidad de la presencia de otra especie para cobijar su fragilidad, y la prodigalidad de semillas “perdidas”, para que una de tantos miles de lugar a una nueva vida.

 

Nos topamos con el Misterio, más fascinante que tremendo. Otro tanto ocurre cuando pensamos -sin poder imaginarlo- que estamos a casi catorce mil millones de años del Big Bang… Quizá ahí nos resuene aquello de que “… para Dios un día es como mil años y mil años como un día”.

 

A todo esto, el evangelio que leeremos este domingo en todas las parroquias es el de Mt. 13, la parábola del sembrador. Jesús expresa a diario su experiencia del Padre en gestos misericordiosos, amorosos, sanadores, pero cuando habla de ella lo hace con parábolas y todas tienen algo de excesivo, de desmesurado. Para expresar el amor que descubre en su Abba, hay dos parábolas en que la hipérbole llega a su culmen: la del padre anciano que corre al ver de lejos volver al hijo “que estaba muerto y ha vuelto a la vida”, y la del sembrador. Este sale a sembrar “como loco”, sin calcular las semillas perdidas o que puedan malograrse al no hacer una previa una evaluación de los terrenos; por si acaso, no ahorra nada, siembra.

 

Dios, el sembrador de la parábola, no parece estar inquieto por la eficacia, sino por dar vida, como el cardón que esparce tantas semillas y tiene “paciencia de esperar cincuenta años”.

 

A contramano con la velocidad de muchos millones de personas en nuestras ciudades modernas y de la ansiedad creciente que nos enferma, estamos ante el Misterio de un Dios, que es realmente rico en tiempo, que sigue apostando a la vida y a nuestra humanización. Su pasión es la vida, como nos lo compartió su Hijo, la vida buena, aunque alcanzarla le cueste miles y millones de años a nuestra pequeña y frágil libertad. “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el sol…”.

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