¿Es posible cambiar el rumbo del Titanic?

26 de Julio de 2026

[Por: Leonardo Boff]




Estamos en el ojo de una crisis civilizatoria sin precedentes en la historia.

Todas las grandes crisis conocidas fueron regionales. Como consecuencia de ellas surgía un nuevo sujeto histórico («los bárbaros»), dotado de vitalidad y de un proyecto alternativo que permitía que la historia continuara por un nuevo rumbo.

 

Esta vez es diferente. La crisis parece ser global, estructural y terminal. Global, porque afecta a todo el planeta. Es estructural porque no se trata de una crisis coyuntural que, una vez superada, permita la continuidad de la civilización occidental, hoy despreciada por Donald Trump. Ahora ha sido alcanzado el corazón mismo del sistema. Por eso es terminal. Con ella no termina el mundo, sino un determinado tipo de mundo social, construido a lo largo de los últimos siglos.

 

Para resolver sus problemas internos y los heredados, este tipo de mundo tendría que negarse a sí mismo. Pero no lo hace. Por eso tiene pleno sentido la severa advertencia de Eric Hobsbawm al concluir La era de los extremos (1994): «El mundo corre el riesgo de explosión e implosión. Tiene que cambiar… la alternativa al cambio es la oscuridad» (p. 352). Inevitablemente está en rumbo de colisión contra el iceberg que él mismo creó. Un signo de esperanza nos lo ofrece el ecosocialismo, que recoge lo mejor del ideal socialista clásico (no el soviético) y lo articula con la ecología.

 

¿Cuál es ese iceberg? El orden del capital, un verdadero Titanic. Parte del falso supuesto de que los recursos de la Tierra son ilimitados. Imagina que eso permite también un crecimiento ilimitado. El sistema no se preocupa por la Sobrecarga de la Tierra, que ya alcanzó su límite a mediados de junio de 2026. Tampoco le preocupa la erosión de las nueve fronteras planetarias (cambio climático, integridad de la biosfera, cambios en el uso del suelo, entre otras), cuyo traspaso puede provocar el colapso de la civilización. Seis de ellas ya han sido sobrepasadas.

 

El sistema del capital es depredador. En el proceso normal de evolución desaparecen aproximadamente 300 especies de seres vivos por año. Actualmente, debido a la voracidad consumista, según E. O. Wilson desaparecen entre 70.000 y 100.000 especies anualmente. Esto equivale a una auténtica devastación, comparable a la ocurrida durante milenios en el pasado. Casi todos los bienes y servicios naturales no renovables se vuelven cada vez más escasos.

 

Además de los ya mencionados, algunos representan límites infranqueables que amenazan al conjunto de la humanidad, como es el caso de la escasez de agua potable. Solo el 3 % de toda el agua del planeta es potable y, de esa cantidad, apenas el 0,7 % es accesible para el uso humano. En los diversos foros internacionales organizados por la ONU se ha advertido que, en los próximos años, podrían producirse guerras devastadoras entre regiones para garantizar el acceso al agua potable, sin la cual la vida resulta imposible.

 

A ello se suma el agotamiento, previsto para los próximos años y ya perceptible debido al cierre del estrecho de Ormuz, de la energía fósil (el petróleo), la sangre que alimenta la máquina industrial mundial. Dependemos de fuentes alternativas de energía renovable, parcialmente desarrolladas, que todavía no alcanzan el 30 % de la demanda total.

 

El sistema también es consumista: la maquinaria fue diseñada para producir bienes y servicios materiales de manera lineal, creciente e ilimitada. Esos bienes deben ser consumidos. Si no hay consumo, el negocio quiebra. Los seres humanos son inducidos a consumir cada vez más y a universalizar el consumo tanto como sea posible, algo que la Tierra no puede soportar.

 

Ese consumo no es solidario, sino individualista. Por eso produce desigualdades e injusticias clamorosas que atentan contra el sentido mismo de la creación, orientada más por la cooperación que por la competencia, hoy convertida en principio hegemónico.

 

¿Existen salidas para una crisis de semejante magnitud? No dentro del orden capitalista. Sí, con la condición de inaugurar un nuevo modelo civilizatorio de producción, respetuoso de la naturaleza y basado en un consumo responsable y solidario.

 

Pero conviene señalar la distorsión filosófica que subyace a nuestra civilización: el hecho de haberse construido sobre toda la parafernalia de los medios técnicos destinados a producir poder y riqueza, y no sobre los fines que dan sentido a nuestra aventura planetaria.

 

Además, marginó la inteligencia cordial, fundamento de la ética, de la justa medida y de la espiritualidad, que son las que plantean la cuestión de los valores y de los fines últimos. La primera representa la modernidad técnico-científica, cuya máxima expresión es la inteligencia artificial (dominus, el dueño). La segunda representa la modernidad ético-espiritual, relegada a un segundo plano (frater), que reconoce a todos —incluida la naturaleza— como parientes, hermanos y hermanas.

 

¿Hay salida para la crisis? Sí, si recuperamos aquello que dejamos atrás y refundamos una civilización que otorgue centralidad a la comunidad de vida y, a partir de ella, reoriente la economía, la política y las formas de participación social.

 

¿Lo desean quienes detentan el poder y los grandes negocios? No. La mayoría es negacionista. Están más preocupados por obtener ganancias ventajosas que por garantizar las condiciones para que el planeta siga siendo habitable.

 

¿Podemos detener al Titanic en rumbo de colisión? Sí y no. Sí, si introducimos los cambios necesarios. No, si persistimos en el camino actual que nos conduce a escenarios dramáticos.

 

Pero existen fuerzas rectoras que construyeron el universo y también a nosotros mismos. Esas fuerzas son más poderosas que la destructividad humana. ¿Por qué no intentar el ecosocialismo (Michel Löwy), propuesto como un proyecto realizable para todo el planeta por situar los valores en el centro? Es una propuesta viable y prometedora para construir un futuro mejor.

 

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA del ICL. También es autor de Cuidar de la Tierra, proteger la Vida.

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