La importancia de derrotar a los antipatrias bolsonaristas

01 de Agosto de 2026

[Por: Leonardo Boff]




Nunca hubo en la historia de Brasil una ruptura fundacional que interrumpiera nuestra herencia de exterminio de los pueblos indígenas, de esclavitud, de colonialismo, de neocolonialismo y del dominio de la élite del atraso. Esas élites ocuparon el poder político desde el Imperio y jamás fueron desplazadas de él. Los cambios ocurridos nunca modificaron la naturaleza de ese poder, que siempre fue elitista, excluyente y antipopular frustrando el proyecto de un Brasil para todos. Los poderosos nunca reconocieron los derechos de quienes fueron injustamente humillados y los empujaron a la marginalidad, donde consideran que está su lugar natural. Son las «élites del atraso», en la acertada expresión del sociólogo Jessé Souza.


La inconformidad popular fue siempre reprimida con extrema violencia, al punto de que el historiador mulato Capistrano de Abreu afirmó crudamente que «el pueblo fue castrado y recastrado, desangrado y vuelto a desangrar».


A pesar de ello, y contra la voluntad de esas élites, se fue creando aquí, a lo largo de cinco siglos, un experimento civilizatorio singular. En palabras del recordado historiador José Honório Rodrigues: «Somos una república mestiza y étnica culturalmente. No somos europeos ni latinoamericanos. Somos tupinizados, africanizados, orientalizados y occidentalizados. La síntesis de tantas antítesis es el producto singular y original que es el Brasil actual… El gran éxito de la historia de Brasil es su pueblo, y la gran decepción es su dirigencia. Esta nunca se reconcilió con el pueblo; nunca vio en él una criatura de Dios; nunca lo reconoció, porque habría querido que fuera lo que no es; nunca vio sus virtudes ni admiró sus servicios al país; lo llamó de todo —desde Jeca Tatu—, le negó sus derechos, destruyó sus vidas y, apenas lo vio crecer y negarle poco a poco su aprobación, conspiró para devolverlo a la periferia, al lugar que sigue creyendo que le pertenece» (Conciliación y Reforma en Brasil, 1965, pp. 14 y 122). De ese caldo cultural está surgiendo una nación inventada por nosotros mismos, todavía en construcción, con características propias, capaz de fundar un Brasil verdaderamente nuestro. Ese era el sueño de Darcy Ribeiro en su último e inspirador libro “El pueblo brasileño “ (1995).


Una utopía de un Brasil diferente ha estado siempre en marcha, reprimida pero nunca vencida, gestada en el sindicalismo auténtico, en el seno de las clases populares, en las iglesias de la liberación, en los sectores progresistas de las élites, entre intelectuales y artistas comprometidos con la causa de los oprimidos.

Esos actores crearon un importante poder social de resistencia y de liberación, que hoy se canaliza hacia el poder político sin dejar de ser un poder social. Surgieron partidos identificados con esa utopía de un Brasil diferente. Pero el principal de ellos fue el Partido de los Trabajadores (PT), que contó desde el comienzo con el extraordinario carisma movilizador de Luiz Inácio Lula da Silva, hoy reconocido como uno de los líderes mundiales más importantes.


Después de varios intentos, Lula llegó finalmente al poder central. Por ser nordestino y provenir de la clase obrera fue rechazado, perseguido, calumniado y condenado por un juez parcial a 580 días de prisión por una razón inédita y extravagante, jamás documentada desde el Código de Hammurabi (1750 a. C.): «por un delito no definido».


En los tres gobiernos que ejerció realizó, al menos parcialmente, el sueño de un Brasil diferente, especialmente para millones de personas que apenas podían alimentarse, vivían en condiciones miserables, no tenían electricidad, escuelas adecuadas ni espacios de recreación, y jamás habrían accedido a la universidad o a la educación técnica.


Podrán decir lo que quieran de Lula, insultarlo llamándolo ladrón —algo que nunca fue— y dirigirle mil agresiones, como recientemente hizo el extravagante presidente argentino Javier Milei. Pero jamás podrán negar su profundo amor por los pobres y los humillados ni las decenas de iniciativas que impulsó en su favor, devolviéndoles, como él mismo siempre destacó, la dignidad que les había sido negada.


Como ya lo había hecho antes, volvió ahora a poner el poder al servicio de la sociedad brasileña desde abajo, con una orientación democrática, popular y promotora de un mundo multipolar, a pesar de las presiones ejercidas por un enloquecido «emperador del mundo», el dirigente de extrema derecha estadounidense Donald Trump.


Sin embargo, tanto en Brasil como en el resto del mundo crece un pensamiento conservador, de rasgos fascistas e incluso de extrema derecha. Ese movimiento llevó a la presidencia a uno de los personajes más perversos de nuestra historia, quien, por su estupidez, permitió la muerte de 700.000 personas víctimas del coronavirus y desmontó numerosos programas sociales. Da vergüenza siquiera mencionar su nombre, tal fue la brutalidad de las relaciones sociales que introdujo. Sus hijos traicionaron a la patria al alinearse explícitamente con el imperio norteamericano y colocar al país al servicio de Donald Trump.


Lo que está en juego en las próximas elecciones es precisamente el enfrentamiento entre dos opciones: la de la subordinación al «emperador Donald Trump», como socio menor y subordinado; o la opción por la soberanía de Brasil, como nación democrática y popular, con un proyecto nacional autónomo, consciente de lo que podemos aportar como país, desarrollando nuestra industria y nuestras tecnologías para aprovechar estratégicamente las tierras raras.

Es imperativo que la utopía de un Brasil diferente derrote a Flávio Bolsonaro, a quien considera un traidor a la patria e hijo de un golpista cobarde encarcelado, y que haga frente al tradicional pacto de las élites conservadoras y reaccionarias, que nunca tuvieron un proyecto para Brasil, sino únicamente para sí mismas, a fin de abrir un nuevo rumbo para nuestro país.


El tiempo corre velozmente y en contra del propósito liberador. No basta con resistir: es necesario avanzar y sostener el debate teórico y político.


Como sentenciaba don Quijote: «No debemos reconocer las derrotas sin antes haber dado las batallas». Y esta vez las daremos todas para hacer realidad ese sueño tantas veces negado y siempre resucitado.



Leonardo Boff escribe para la revista ICL Liberta https://www.revistaliberta.com.br. Es autor, entre otros libros, de Brasil: concluir la refundación o prolongar la dependencia (Vozes, 2018).

 

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