[Por: Carina Fulotti]
La realidad de la encarnación nos invita, una y otra vez, a entrar en ese misterio profundo de la total solidaridad de Dios con nuestra humanidad, hecho vida en Jesús de Nazaret. Esto implica que Jesús, igual que nosotros, vivió ese lento proceso de crecer, aprender y ahondar en aquello que, en las personas, las situaciones y en uno mismo, está como semilla y necesita tiempo y de los demás para desplegarse.
El domingo pasado, la barca de Jesús y los discípulos los dejaba “en la otra orilla”, donde los esperaban personas hambrientas de experimentar sanación en sus vidas. Hoy, el texto da un paso más: los invita, y nos invita también a nosotros, a cruzar esas otras orillas que no son geográficas, sino del modo o del lugar desde donde nos miramos, nos escuchamos, concebimos los vínculos, la fraternidad y la fe…
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