06 de Junio de 2014
(Oscar Fortín) Yo me recuerdo que, en los años sesenta, la cúpula de la Iglesia católica en América latina argumentaba, para detener los movimientos revolucionarios de aquellos años, que había que cambiar ante todo los corazones para llegar a cambiar las estructuras.
Al final de los años noventa y al principio del siglo XXI, la dinámica de las relaciones de poder cambió a favor de los revolucionarios, vueltos democráticos y no violentos. Ya, las cúpulas episcopales, ante las oligarquías vencidas demócratamente y revueltas contra los nuevos gobiernos, cambiaron sus discursos y se pusieron más activas con las oligarquías opositoras en sus distintas iniciativas de desestabilización de los nuevos gobiernos revolucionarios.
(Oscar Fortín) Yo me recuerdo que, en los años sesenta, la cúpula de la Iglesia católica en América latina argumentaba, para detener los movimientos revolucionarios de aquellos años, que había que cambiar ante todo los corazones para llegar a cambiar las estructuras.
Al final de los años noventa y al principio del siglo XXI, la dinámica de las relaciones de poder cambió a favor de los revolucionarios, vueltos democráticos y no violentos. Ya, las cúpulas episcopales, ante las oligarquías vencidas demócratamente y revueltas contra los nuevos gobiernos, cambiaron sus discursos y se pusieron más activas con las oligarquías opositoras en sus distintas iniciativas de desestabilización de los nuevos gobiernos revolucionarios.
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