08 de Diciembre de 2014
Las responsabilidades de la Iglesia en el proceso de memoria, verdad y justicia.
Grupo de Curas en la Opción por los Pobres
Navidad 2014
Introducción
En estos tiempos de Navidad, celebramos al Dios con nosotros, a la Palabra hecha carne. El Dios encarnado nos invita a vivir nuestra fe en la historia, con los pies en el barro de la vida y el destino de nuestros pueblos que caminan en busca de dignidad, libertad y justicia.
En 2016 no solo cerraremos los festejos del bicentenario de la independencia nacional sino también estaremos recordando 40 años del inicio de la dictadura genocidaque llenó de muerte y desolación al pueblo argentino.
Todavía hoy las heridas de ese periodo no están cerradas, a pesar de los enormes avances en materia de derechos humanos realizados desde 1983. Se han reconstruido muchas de las historias destrozadas por la violencia del terrorismo de estado, se han encontrado los restos de muchos desaparecidos; se han restituido a sus familias personas apropiadas de manera violenta e ilegal al nacer y separadas compulsivamente de sus padres; se derogaron las leyes de obediencia debida y punto final, y se anularon los indultos lo que permitió acelerar el curso de los juicios a los represores y responsables de crímenes de lesa humanidad; se identificaron gran número de centros clandestinos de detención y se resignificaron como espacios de memoria colectiva. Pero todavía hay muchas cuentas pendientes.
La Iglesia no fue un actor más en este oscuro periodo de nuestra historia, sino ciertamente un protagonista central.Su participación fue compleja y la ubicación de sus miembros, diversa. El apoyo político de la mayoría del episcopado a la que deben sumarse nuncios y capellanes militares fue fundamental para la ejecución del plan represivo de la dictadura, que actuó en nombre de los valores del occidente cristiano. El episcopado como organismo corporativo callóaun cuando conocía en detalle tanto los métodos criminales y terroristas utilizados por la Junta Militar, como las consecuencias del desguace del modelode desarrollo industrial con progreso social y la implantación de una economía fundamentalista y liberal de mercado.
También hubo una Iglesia víctima del terrorismo del estado que padeció torturas, asesinatos, desapariciones, exilio: laicos y laicas, religiosos y religiosas, curas y obisposademás de hermanas y hermanos de otras confesiones religiosas.Su compromiso con el evangelio de la vida, la opción por los pobres y el acompañamiento de las luchas populares los convirtió en enemigos de los defensores de la nación católicay de la divinización del mercado. La sangre del martirio de la Iglesia víctima fue negada por el episcopado cómplicelo cual constituye una paradoja anti-evangélica que queremos denunciar. Pasaron casi 40 años para que se hiciera justicia con el asesinato de Enrique Angelelli, y los obispos hasta el momento no emitieron palabra ni participaron en la misa de la vigilia, salvando un par de excepciones. Y hasta algunos todavía hoy siguen diciendo que Angelelli “murió”. Llama la atención que la Iglesia jerárquica no se haya sentido perseguida en la dictadura, habida cuenta de que muchos de sus miembros fueron torturados, asesinados o desaparecidos. Y es más llamativo todavía que la misma Iglesia sí afirme sentirse perseguida en períodos democráticos.
En estos últimos tiempos parecería haber una conciencia repentina del episcopado, manifestada por algunos de sus miembros, de la urgencia de prestar colaboración con el esclarecimiento de los crímenes de la dictadura y el paradero de los desaparecidos y niños apropiados, quizá motorizada por las inquietudes del Papa Francisco, que nos alegran. Pero creemos que el esclarecimiento de los crímenes del terrorismo de estado no se agota en el mero aporte de datos sino con la búsqueda comprometida de los derechos humanos y el acompañamiento de las víctimas y organismos militantes en la causa de la memoria, la verdad y la justicia.
Desde ya que nos parece sumamente importante estimular el aporte de todo tipo de datos que ayuden a esclarecer el paradero de los desaparecidos que no han sido hallados y de los nietos apropiados que no han sido restituidos. Pero suena muy contradictorio que los que llevan décadas ignorando a los organismos de derechos humanos y resistiéndose a reconocer una complicidad manifiesta con los crímenes de la dictadura, sean ahora los que pidan colaboración.Como hemos dicho de manera insistente en cartas anteriores, ¿no tendría que haber también un reconocimiento explícito de la no colaboración con el esclarecimiento de los crímenes de la dictadura hasta el pasado reciente? ¿No tendría que haber explicaciones acerca de por qué la Iglesia no ha participado nunca oficialmentede los actos conmemorativos del 24 de marzo?
(Ver artículo completo)
Las responsabilidades de la Iglesia en el proceso de memoria, verdad y justicia.
Grupo de Curas en la Opción por los Pobres
Navidad 2014
Introducción
En estos tiempos de Navidad, celebramos al Dios con nosotros, a la Palabra hecha carne. El Dios encarnado nos invita a vivir nuestra fe en la historia, con los pies en el barro de la vida y el destino de nuestros pueblos que caminan en busca de dignidad, libertad y justicia.
En 2016 no solo cerraremos los festejos del bicentenario de la independencia nacional sino también estaremos recordando 40 años del inicio de la dictadura genocidaque llenó de muerte y desolación al pueblo argentino.
Todavía hoy las heridas de ese periodo no están cerradas, a pesar de los enormes avances en materia de derechos humanos realizados desde 1983. Se han reconstruido muchas de las historias destrozadas por la violencia del terrorismo de estado, se han encontrado los restos de muchos desaparecidos; se han restituido a sus familias personas apropiadas de manera violenta e ilegal al nacer y separadas compulsivamente de sus padres; se derogaron las leyes de obediencia debida y punto final, y se anularon los indultos lo que permitió acelerar el curso de los juicios a los represores y responsables de crímenes de lesa humanidad; se identificaron gran número de centros clandestinos de detención y se resignificaron como espacios de memoria colectiva. Pero todavía hay muchas cuentas pendientes.
La Iglesia no fue un actor más en este oscuro periodo de nuestra historia, sino ciertamente un protagonista central.Su participación fue compleja y la ubicación de sus miembros, diversa. El apoyo político de la mayoría del episcopado a la que deben sumarse nuncios y capellanes militares fue fundamental para la ejecución del plan represivo de la dictadura, que actuó en nombre de los valores del occidente cristiano. El episcopado como organismo corporativo callóaun cuando conocía en detalle tanto los métodos criminales y terroristas utilizados por la Junta Militar, como las consecuencias del desguace del modelode desarrollo industrial con progreso social y la implantación de una economía fundamentalista y liberal de mercado.
También hubo una Iglesia víctima del terrorismo del estado que padeció torturas, asesinatos, desapariciones, exilio: laicos y laicas, religiosos y religiosas, curas y obisposademás de hermanas y hermanos de otras confesiones religiosas.Su compromiso con el evangelio de la vida, la opción por los pobres y el acompañamiento de las luchas populares los convirtió en enemigos de los defensores de la nación católicay de la divinización del mercado. La sangre del martirio de la Iglesia víctima fue negada por el episcopado cómplicelo cual constituye una paradoja anti-evangélica que queremos denunciar. Pasaron casi 40 años para que se hiciera justicia con el asesinato de Enrique Angelelli, y los obispos hasta el momento no emitieron palabra ni participaron en la misa de la vigilia, salvando un par de excepciones. Y hasta algunos todavía hoy siguen diciendo que Angelelli “murió”. Llama la atención que la Iglesia jerárquica no se haya sentido perseguida en la dictadura, habida cuenta de que muchos de sus miembros fueron torturados, asesinados o desaparecidos. Y es más llamativo todavía que la misma Iglesia sí afirme sentirse perseguida en períodos democráticos.
En estos últimos tiempos parecería haber una conciencia repentina del episcopado, manifestada por algunos de sus miembros, de la urgencia de prestar colaboración con el esclarecimiento de los crímenes de la dictadura y el paradero de los desaparecidos y niños apropiados, quizá motorizada por las inquietudes del Papa Francisco, que nos alegran. Pero creemos que el esclarecimiento de los crímenes del terrorismo de estado no se agota en el mero aporte de datos sino con la búsqueda comprometida de los derechos humanos y el acompañamiento de las víctimas y organismos militantes en la causa de la memoria, la verdad y la justicia.
Desde ya que nos parece sumamente importante estimular el aporte de todo tipo de datos que ayuden a esclarecer el paradero de los desaparecidos que no han sido hallados y de los nietos apropiados que no han sido restituidos. Pero suena muy contradictorio que los que llevan décadas ignorando a los organismos de derechos humanos y resistiéndose a reconocer una complicidad manifiesta con los crímenes de la dictadura, sean ahora los que pidan colaboración.Como hemos dicho de manera insistente en cartas anteriores, ¿no tendría que haber también un reconocimiento explícito de la no colaboración con el esclarecimiento de los crímenes de la dictadura hasta el pasado reciente? ¿No tendría que haber explicaciones acerca de por qué la Iglesia no ha participado nunca oficialmentede los actos conmemorativos del 24 de marzo?
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