27 de Febrero de 2015
(Agustín Rivarola sj) Romero se convirtió en el gran regalo de Dios porque él mismo quedó totalmente convertido. No ocurrió todo de un golpe, aunque sí fue súbito el cambio inicial. El asesinato del padre Grande, el primero de los sacerdotes mártires que le tocó enterrar, sacudió su conciencia. Se le rompieron los velos que le ocultaban la verdad y la nueva verdad empezó a apoderarse de todo su ser. No fue inicialmente un cambio subjetivo, sino una transformación objetiva. Se le descubrió algo que antes no había visto a pesar de su buena voluntad y de su pureza de intención, a pesar de sus horas de oración y de su ortodoxia repetida, de su fidelidad al magisterio y a la jerarquía vaticana. La luz se apoderó de él y esto le transformó. No es que él se transformase y así se le mostrase algo que antes no veía; más bien vio algo nuevo, algo objetivamente nuevo y esto lo transformó.
(Agustín Rivarola sj) Romero se convirtió en el gran regalo de Dios porque él mismo quedó totalmente convertido. No ocurrió todo de un golpe, aunque sí fue súbito el cambio inicial. El asesinato del padre Grande, el primero de los sacerdotes mártires que le tocó enterrar, sacudió su conciencia. Se le rompieron los velos que le ocultaban la verdad y la nueva verdad empezó a apoderarse de todo su ser. No fue inicialmente un cambio subjetivo, sino una transformación objetiva. Se le descubrió algo que antes no había visto a pesar de su buena voluntad y de su pureza de intención, a pesar de sus horas de oración y de su ortodoxia repetida, de su fidelidad al magisterio y a la jerarquía vaticana. La luz se apoderó de él y esto le transformó. No es que él se transformase y así se le mostrase algo que antes no veía; más bien vio algo nuevo, algo objetivamente nuevo y esto lo transformó.
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