29 de Diciembre de 2025
[Por: Pedro Trigo]
(Lc 2,7.12.16)
La representación evangélica del nacimiento de Jesús
es tan paradójica, Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que sin tu gracia no la podemos tomar en serio;
pero con ella nos arroja tanta luz
y una luz tan alegre porque es la luz de la vida,
que ante ella la luz de este mundo se nos convierte en tinieblas.
Te pedimos, pues, Padre, que los destellos de esa luz,
divina de tan humana,
iluminen este pobre canto para que sea realmente proclamación
de ese evangelio definitivo que diste al mundo esa noche.
I
La palabra que trenza toda la escena
desde el principio hasta el final
es pesebre, una palabra al parecer impropia
para caracterizar el acontecimiento más decisivo de la historia.
El relato va describiendo cómo la madre de tu Hijo lo dio a luz
lo envolvió en pañales y al mencionar dónde lo recostó
dice que en un pesebre,
como si fuera una errata en vez de cunita;
pero dice pesebre
y añade como explicación,
que sucedió así porque no hubo sitio para ellos en la posada.
El texto no indica que les negaron la entrada porque eran ellos;
simplemente había mucha gente,
el estado de María originaría muchos inconvenientes
y no eran ricos, porque éstos siempre encuentran acomodo,
siempre aparece gente que les brinde un buen lugar.
Se nos está describiendo cómo vino tu Hijo al mundo
y de pronto se cuela esa palabra impertinente: pesebre.
Al nacer, Jesús descansó en el lugar donde comen los animales
porque no hubo otro sitio donde descansar.
¿Cómo es posible, Padre, que tú sueltes a tu Hijo al mundo así,
tan sin defensa,
como si no te importara,
o como si el mundo fuera un lugar desconocido para ti
en el que no se te respeta,
en el que no tienes ninguna autoridad?
¿No sostienes el mundo con tu Palabra creadora?
Tu Palabra ¿no es la luz que ilumina a todos los seres humanos?
¿Cómo puede entrar tu luz al mundo y no se la dé lugar?
Perdona, Señor, pero ¿no tuviste tú la culpa
por enviarlo de incógnito,
por echarlo al mundo sin avisar?
Perdona, Padre, tanta impertinencia,
pero es que nos parece tan inaudito,
que no sabemos cómo cuadrarlo
con la idea que tenemos de ti,
porque, aunque tú no te impongas despóticamente,
como muchos gobernantes y los que tienen dinero,
aunque tú respetes siempre nuestra libertad,
al fin fuiste tú quien elegiste nacer de esa mujer y en esa familia.
Pongamos que fueran realmente dignos, incluso los más dignos,
los más entregados a ti y los más fraternos;
pero ¿no pudiste escoger a otros
para que tu Hijo no naciera en tanto desabrigo?
o, mejor, ¿no pudiste arreglar las cosas sin violentarlas
para que alguien tuviera piedad de ellos y los acogiera?
Tú nos respondes que tu Espíritu
ha inspirado esta representación
para que lleguemos a comprender internamente tus designios.
Lo que nos pides, por tanto,
es que tratemos de comprender lo que nos dices
y no que lo cuestionemos
y, menos aún, que te pidamos cuentas de lo que haces
para nuestro bien y nuestra salvación
y para revelarnos así quién eres.
Tienes razón, Padre; te pedimos perdón por nuestra necedad.
Vamos, pues, Padre, a atenernos a lo que se nos describe
como su nacimiento.
El hecho es que tu Hijo la primera noche de su vida
fue recostado por su madre en un pesebre.
Los evangelios de la infancia nos dan la clave
para interpretar la vida de Jesús.
¿Qué nos quiere decir este apunte tan revulsivo,
que nos deja tan mal parados a los seres humanos?
Tú nos dices, Padre, que este hecho pone al descubierto
que el mundo está organizado de tal modo que hay personas
que no encuentran lugar en él,
y que ese hecho se da por descontado como un mal menor
al que nos resignamos y que por eso no llama la atención
ni se le pone remedio,
porque los que tienen lugares amplios y confortables
creen no tener ningún lazo que los ligue a los carenciados,
y porque los carenciados
no tienen cómo hacer valer sus derechos,
incluso se les inculca que ellos no tienen derecho a nada,
para que no tengan capacidad para conseguirlo.
Y los que tienen algo viven con el miedo
que les inculca el sistema
de la precariedad de su instalación,
y por eso se inhiben de reclamar
los derechos de los carenciados
y, más aún, de considerarlos como injustamente privados.
Tú has querido poner al descubierto
que vivimos en una sociedad fetichista,
que necesita víctimas para funcionar,
y que hay muchas personas que viven en la muerte,
porque han borrado a muchos de su corazón,
desconociendo que son sus hermanos.
Tú has querido ponerlo al descubierto y denunciarlo,
no como hiciste por medio de tus profetas
mediante su palabra
inspirada por ti, el Padre de los pobres,
sino queriendo que tu Hijo fuera uno de ellos.
Tú no quieres que haya asesinos
que borren a sus hermanos de su corazón
y vivan como muertos en vida porque no conocen el amor.
Pero como existen,
tú has querido mostrar tu solidaridad incondicional
con los excluidos por ellos,
haciendo que tu Hijo fuera un excluido más,
de manera que no te pudiéramos encontrar fuera de ellos,
sin pasar por atenderlos;
no como un acto supererogatorio,
sino como lo que define el estatuto humano de cada persona.
Y además has querido cargar con el pecado-del-mundo
a través de tu Hijo
para quitarlo.
Eso nos dices, Padre, al narrarnos cómo tu Hijo al nacer
fue recostado en un pesebre porque no tuvieron otro sitio.
Te pedimos con todo el corazón que nos hagamos cargo
y lo metamos en nuestro corazón
de manera que miremos al mundo
desde el pesebre donde descansa tu Hijo.
Que consideremos que ése es tu punto de vista.
Tú nos pides que no lo veamos desde el templo
ni desde el sistema bancario
ni desde la presidencia de la república
ni desde los centros comerciales
ni desde la publicidad ni desde el espectáculo.
Desde ninguno de esos sitios se puede ver el pesebre
y si alguien alude a él está tan lejos y se lo ve tan pequeño,
que no impone ningún respeto
ni es capaz de arrancar ninguna decisión que entrañe sacrificio
y altere radicalmente las reglas de juego.
Sólo desde el pesebre puede calibrarse
el grado de humanidad de la sociedad
y de cada uno de los seres humanos.
Padre, te pedimos, por el amor de tu Hijo,
que nos veamos y veamos todo
desde el pesebre donde descansa tu Hijo,
porque el pesebre nunca será el punto de mira y la medida,
si no constituye nuestro entorno vital.
Ése es, Padre, el precio que pagó tu Hijo y que pagaste tú
y que nosotros no estamos dispuestos a pagar.
Ustedes lo pagaron con alegría
porque nos amaron gratuita e irrenunciablemente.
Danos, Padre, tu amor para que el lugar de los excluidos
sea el quicio de nuestra vida.
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que el pesebre no sea para nosotros
algo pintoresco que tenemos escondido
y sacamos por Navidad,
ni algo revulsivo de lo que huimos
sin decírnoslo a nosotros mismos.
Que sea el lugar inexcusable en el que servimos a tu Hijo,
al servir a los que no tienen lugar.
Tú enviaste a tu Hijo al mundo.
En esa decisión tuya está entrañada ya nuestra salvación;
por eso es la noticia más alegre.
Pero para encontrarlo tenemos que salir de la ciudad
y dirigirnos a donde viven los que no tienen lugar;
ése es el precio de este evangelio:
para llegar a ese tesoro divino,
realmente escondido en estas tinieblas
a cuya luz caminamos,
tenemos que dejar la instalación;
si no, nunca lo encontraremos.
Te pedimos, Padre, que lo paguemos con alegría.
Que comprendamos que no es un peaje caprichoso,
sino la correspondencia a tu condescendencia divina.
Si tu amor llega hasta compartir en tu Hijo nuestra historia
¿será mucho que el nuestro llegue hasta nuestros hermanos
que están sin lugar?
Si nos cerramos al amor,
ni tú mismo nos puedes salvar.
¿Cómo nos vas a salvar si tú eres el amor
que nos empeñamos en negar?
Que comprendamos, Padre, que sólo desde el pesebre
podremos gustar
la alegría de la entrada de tu Hijo al mundo;
que cualquier otra que nos inventemos,
por muy publicitada que esté
o aun bendecida por tus representantes,
no es la alegría de la Navidad.
Concédenos, Padre, la gracia de encontrar a tu Hijo
donde ha venido.
II
La segunda vez que se menciona el pesebre
es en boca del ángel
que anuncia a los pastores el nacimiento de Jesús.
Dice que les ha nacido un salvador
que es el Mesías, el Señor;
y la señal de que lo es,
es que lo encontrarán recostado en un pesebre.
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
el Mesías es el pastor de tu pueblo,
enviado por ti con tu Espíritu
para que lo salve definitivamente.
¿Cómo dormir en un pesebre puede ser la señal
de tanta dignidad y poder?
Concedemos que tuviste razones
para que tu Hijo naciera en el desamparo
¿pero cómo un pesebre puede ser signo de señorío?
Es terrible que al llegar al mundo tu Hijo
no haya encontrado lugar
y su madre lo haya tenido que recostar en un pesebre;
pero hacer del pesebre la contraseña de su misión
¿no parece un contrasentido?
¿No es gloriarse de lo que es una infamia padecida sin culpa?
¿Cómo hacer del pesebre una bandera liberadora?
Danos, Padre, la luz que irradia del mismo pesebre
donde descansa tu Hijo,
para que podamos ver la congruencia
de lo que nos parece pura debilidad y sinsentido.
Tú enviaste a tu Hijo como Mesías de los pobres,
como su liberador,
y a través de ellos como liberador de todos.
Los pobres son los que no tienen cómo tener,
y por eso se sienten desvalidos,
o caen en la desesperación
o esperan que otros los pongan a valer,
porque piensan que ellos no pueden salvarse.
Pero de hecho ninguno de los que quiso salvar desde arriba
logró salvar a los pobres;
salvó a la nación de sus dominadores,
pero no a los pobres de la nación;
los de abajo continuaron abajo.
Por eso tú enviaste a salvar a todos desde los pobres.
Tu Hijo fue el Mesías pobre de los pobres y en ellos de todos.
Él, siendo rico, se hizo pobre
para enriquecernos con su pobreza.
Él tuvo ciertamente la fuerza de tu Espíritu;
la tuvo desde el comienzo:
fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo;
pero la fuerza del Espíritu es la que cabe en el amor infinito,
no la fuerza de los fuertes de este mundo.
Esta fuerza sirve para imponerse,
para coartar, para mancillar.
No sirve para dar vida de la propia vida,
para rehabilitar, para animar,
para liberar las mentes y los corazones,
para dar humanidad ni vida eterna.
El que nació en el pesebre, ungido por tu Espíritu,
pudo comprender a todos los oprimidos desde dentro,
más aún, pudo ayudarlos a llevar las cargas,
de modo que no los aplastaran, sino que los aquilataran;
pudo ayudar a que se pusieran en pie,
a que se apoyaran en su dignidad reencontrada,
a que se encontraran, se reconocieran, se movilizaran.
Jesús, sin el poder de este mundo,
pero con el poder del Espíritu,
pudo introducir en el mundo para siempre
tu Espíritu indestructible.
Hasta ahí llegó el Mesías:
hasta derramar su Espíritu que es el tuyo.
Y ya nunca se apagará tu Espíritu en la humanidad.
Por eso el signo del mesianismo peculiar de Jesús,
de su señorío
fue ser reclinado, al nacer, en un pesebre.
Tu Espíritu lo llevó hasta ese no lugar
para desde él hacer lugar
a todos los que no tienen lugar en el orden establecido.
Ésa es su bandera, que es tu misma bandera.
Te pedimos, Padre de nuestro Señor Jesucristo,
la gracia de gustar el poder del pesebre de Jesús.
En él reluce tu solidaridad con el mundo,
a través de tu solidaridad
con todos los excluidos de los ordenamientos sociales.
Te pedimos la gracia de gustar en el pesebre de Jesús
la unción de tu Espíritu,
su fuerza y su suavidad.
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