29 de Diciembre de 2025
[Por: Pedro Trigo]
(Lc 2,13-14)
Jesús nació en tiempos del emperador Augusto y del rey Herodes.
A Octavio César el senado lo había nombrado Augusto, sagrado,
porque trajo al mundo el don divino de la paz,
un don desconocido en los anales de la historia romana.
Si había traído ese don del cielo
es que él mismo tenía algo de divino,
pues nadie da lo que no tiene.
O, tal vez, al haber reportado al mundo un beneficio tan grande
los dioses lo habían premiado asociándolo a ellos.
El hecho es que estaban contentos porque había seguridad,
las propiedades y las personas se sentían seguras,
se podía viajar por todo el mundo,
se podían hacer negocios a escala mundial,
se podía pensar a largo plazo,
podían hacerse proyectos de largo aliento.
Quienes disfrutaban de estos beneficios
bendecían a las legiones romanas,
porque venciendo sobre todos y desarmándolos a todos,
habían logrado, por fin, una paz estable.
Ése era el sentir de los ciudadanos romanos
y de sus aliados de todas las naciones del imperio.
Pero esa paz tenía su costo
y ese costo recaía sobre los de abajo,
sobre los tributarios, que eran la inmensa mayoría.
Entre ellos se contaba a José y su familia.
Por eso cuando el gobernador de Siria proclamó el censo
para contar los contribuyentes,
José tuvo que subir de Nazaret de Galilea a la ciudad de David
con su esposa María que estaba encinta,
y en esas condiciones nació Jesús:
como un sometido.
Esa ubicación de tu Hijo nos quiere decir, Padre,
que tú no lo enviaste
como signo de tu bendición a esa paz y a ese orden.
Si tu Hijo nació como un tributario,
como un no ciudadano y sin lugar,
es que en ese orden no cabías tú.
No cabías porque el poder se había absolutizado
y ocupaba tu puesto;
pero no te representaba a ti,
porque tu soberanía es enteramente a favor
de todos los seres humanos,
porque tú nos creas con tu relación de amor
constante, gratuita y agraciadora.
Tú no estableces una sociedad piramidal
en la que los vencedores están arriba y los vencidos abajo.
Tu designio es que todos seamos hermanos.
Por eso como los de arriba no pueden establecer la fraternidad,
tú enviaste a tu Hijo como un sometido,
para establecerla desde abajo.
Por eso, aunque sus padres fueron a empadronarse,
a ser contados,
no actuaron como siervos aquiescentes
ni como rebeldes resentidos;
vivieron el trance con libertad liberada,
y por eso tu Hijo al nacer en ese refugio de animales
no sintió rechazo ni desamparo,
porque lo recibieron unos brazos calientes y firmes por el amor
y serenos por la entera confianza en ti.
Tu Hijo entró al mundo con buen pie,
aunque nació como sometido y no tuvo lugar.
Estas circunstancias, infamantes y dolorosas,
no lo influyeron en absoluto.
Ni siquiera las percibió.
Se sintió recibido y querido.
Más aún, se sintió reconocido;
ante todo, por sus padres,
que lo recibieron con todo respeto y alegría
y con la determinación absoluta de sacarlo adelante.
También, inesperadamente para sus padres, lo reconocieron
los de abajo que velaban en la noche: los pastores,
el pueblo despreciado por los biempensantes.
Fue a ellos a quienes les revelaste el misterio de tu Hijo.
Se lo comunicó un ángel, como a sus padres;
pero lo coreó nada menos que una multitud del ejército celestial;
fue ella la que proclamó que la gloria era sólo para ti,
y que tu don divino a los seres humanos
era precisamente la paz
como certificación de que tú nos querías.
El Salvador, el Señor, era ese niñito recostado en un pesebre;
no era, pues, el emperador, como se proclamaba oficialmente.
El ungido con tu Espíritu para dar a los seres humanos tu paz
era precisamente ése que nacía como sometido al emperador.
Tú nos ibas a dar tu paz porque nos querías.
Tu paz no sometía a ti, como la del emperador.
Ella liberaba del emperador
no para someternos a ti
sino para que fuéramos libres,
para que fuéramos nada menos que tus hijos.
Eso lo iba a llevar a cabo este niñito
que no tuvo casa para nacer
y al que los pastores encontraron acostado en un pesebre.
Tu ejército celeste les certificaba tu poder,
un poder, sin embargo, desarmado.
Y ellos creyeron en el anuncio del ángel
y lo creyeron como buena nueva para ellos,
y fueron a encontrarse con él
donde el ángel les había indicado,
y al hallarlo, se alegraron mucho,
reconocieron y rindieron homenaje a su salvador,
y comunicaron a los que se encontraban por el camino
ese anuncio tan gratificante.
Los primeros que recibieron la noticia fueron María y José
y se alegraron íntimamente
de que su secreto fuera compartido,
porque su Hijo era de todos los necesitados de salvación.
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
tus caminos no son nuestros caminos.
Y nos alegramos de todo corazón de que no lo sean.
Nos complace, aunque nos cueste aceptarlo,
que tu Hijo no nos salve con un poder incontrastable,
con el que fulmine a los opresores y sus aliados
e imponga un orden justísimo e inapelable.
Tu Hijo nació necesitado de todo y sometido.
Sembró la paz desde la paz interior
que nace de ser amado y amar
y de vivir de ese amor recibido, aceptado y correspondido;
desde la libertad que dan esas relaciones,
desde la creatividad que inspira esa entrega,
desde la firmeza de pertenecer al bien,
desde la determinación de hacer el bien
y liberar a los oprimidos por el mal
y pagar el precio que sea necesario.
Nos dio tu paz, no desde fuera,
por leyes y estructuras impuestas desde el poder,
sino desde dentro,
desde la transformación interior que se opera
al aceptar su relación y vivir a partir de ella.
La dio al dejar su trabajo, su casa y su familia,
que era un pedacito de cielo,
para salir a buscarnos para hacer de tu pueblo
y desde él de toda la humanidad
la única familia de tus hijas e hijos,
una familia de pueblos en la que todos
nos reconozcamos y ayudemos.
Empezó por abajo, por lo dejado como inservible,
por los que no tenían ámbitos privados.
Él, al salir del suyo, fue uno de ellos;
pero no vivía, como muchos de ellos, como derrotado,
como usado y abusado, como espoliado y descartado.
y por eso no andaba decaído ni resentido.
Vivía como Hijo tuyo y Hermano de todos ellos,
y por eso vivía en paz y con alegría,
porque tú le dabas vida,
y él daba esa vida que le dabas,
y así, al compartir de su pobreza,
se adensaba como ser humano
y se capacitaba para recibir siempre más
y para dar más de sí.
Era uno de tantos,
uno de los que no tienen dónde reclinar la cabeza,
y por eso cada día necesitaba recibir
la comida y el alojamiento;
pero fue capaz de dar tan inagotablemente,
que los que lo recibían comprendieron que por él pasabas tú
haciendo el bien y liberando.
No daba cosas,
daba compañía, tenía una disponibilidad absoluta;
pero no sustituía a la persona.
Daba que pensar, liberaba las mentes y los corazones,
infundía esperanza,
y si la persona asumía su responsabilidad,
él estaba siempre dispuesto a ayudarla.
También hizo signos de que tu presencia agraciadora,
que se daba precisamente en él, humanamente,
optimizaba las capacidades humanas
y las llevaba más allá de lo experimentado,
incluso sanaba las incapacidades.
Todo esto lo hacía como ejercicio desarmado de fraternidad.
Así lograba la paz.
Lo que él más deseaba después de un encuentro fructífero
era poder despedir a la persona diciéndola:
vete en paz: tu fe te ha salvado.
Y es cierto que muchas personas,
aceptando con fe su relación humanizadora,
concibieron en sí una paz que nadie podía quitar:
la paz de la fraternidad aceptada y correspondida,
la fraternidad de tus hijas e hijos,
que tu Hijo iba sembrando incansablemente.
Así fue tu Hijo Príncipe de la paz.
Tu Hijo fue el primero de los hermanos,
el único que podía darnos una fraternidad
universal e incondicionada,
porque era el único que podía hacer de tus creaturas
hijas e hijos tuyos.
Lo hizo llevándonos a todos en su corazón de Hermano
para que participáramos así
de su condición de Hijo único y eterno.
Y probó que era Hermano incondicional
cuando al ver que si seguía reuniendo abiertamente a tu pueblo
las autoridades lo iban a quitar del medio,
él prefirió sufrir la muerte llevándonos en su corazón,
a salvar la vida dejándonos a nosotros afuera;
y entonces probó también que su amor era incondicional,
porque murió pidiéndote perdón
por los que lo habían condenado.
Él no excluye a nadie de su paz,
ni siquiera a los que lo eliminaron
para que siguiera el mundo roto de vencedores y vencidos.
Así nos hizo ver que la paz sólo se logra
venciendo al mal a fuerza de bien.
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que aceptemos la paz de Jesús,
que aceptemos que su camino es el único
que conduce a tu paz,
a la paz verdadera que trae salvación a todos,
la paz de irnos haciendo, en él, hermanos,
aceptándote a ti como Padre común.
La paz de no buscar prevalecer sobre nadie,
de no buscar el bien privado a costa de los demás,
de no instrumentalizar a nadie,
ni excluir a nadie de nuestro corazón;
la paz de recibirte a ti como Padre en tu Hijo Jesús,
la paz de tenerlo a él como el Señor al que nos entregamos,
la paz de tener a todos como hermanos
y buscar incansablemente su bien;
la paz de convivir y compartir
desde lo mejor de nosotros mismos;
la paz de echarle cabeza creativamente
para ver siempre nuevas posibilidades,
la paz de trabajar incasable y mancomunadamente
para realizarlas;
la paz que nos da la esperanza de sabernos tus hijos
y hermanos de todos;
la paz de pedir perdón y perdonar cuando hacemos mal,
o dejamos de hacer el bien que otros esperaban de nosotros;
la paz de no cambiar de rumbo
a pesar de cansancios y pasos en falso;
la paz de aceptar la soledad para dar verdadera compañía;
la paz que nos trajo tu Hijo de tu parte
que supera toda expectativa.
Padre, esta paz tuya que nos trajo tu Hijo
tenemos que pedirla y buscarla incesantemente,
porque hoy, más que en tiempos de Jesús,
vivimos en la paz del emperador,
en la paz de los que se creen dueños del mundo
y mediatizan todo para sus fines
sin importarles nada ni nadie;
la paz de los que acumulan sin tasa
y fraguan un orden social
para legalizar y amparar esa tendencia,
y montan un aparato colosal de publicidad y propaganda
para que nos parezca natural ese montaje societario,
y deseemos sus propuestas
de manera que vivan a nuestra costa,
y nos hagan creer que ésta es la mejor sociedad posible
o que al menos vamos en camino hacia ella.
Se nos quiere hacer creer que somos individuos,
que las relaciones vienen después
y que sólo valen en cuanto nos sigan interesando;
que cada quien tiene que buscar únicamente su propio provecho
y que de hacerlo, vendrá el bien del conjunto.
Así se instaura la lucha de todos contra todos
para que prevalezcan los vencedores,
y los vencidos se atribuyan a sí mismos su derrota.
Ésta es la madre de las violencias;
de ella viene la indiferencia, la falta de misericordia,
la explotación, el aprovechamiento,
incluso la violencia física hasta causar la muerte,
y el encubrimiento, la mentira sistemática,
la sustitución de la realidad
por la ideología impuesta por sobresaturación.
No hay paz.
Y sin embargo, no todo está perdido;
en primer lugar, porque tú no das por perdidos
a los que causan todo esto,
pero también porque mucha gente vive como libre,
como lo hicieron los papás de tu Hijo
y tu mismo Hijo y muchos liberados por él;
porque esta injusticia y su ocultamiento sistemático,
que los afecta tanto
que les quita muchas posibilidades de vida,
no les influye nada,
porque, recibiendo la libertad que tú les das,
viven desde sí mismos,
de la relación contigo y con los hermanos.
Gracias, Padre, porque tu Hijo nos ha posibilitado
vivir humanamente,
incluso en la situación más deshumanizante.
Gracias porque hoy muchos vencen al mal a fuerza de bien.
Gracias porque el bien desarmado es invulnerable.
Gracias también, Padre, por todos los que se dedican
con el Espíritu de tu Hijo
a construir un orden social más justo y solidario,
más dinámico y ecuménico,
más hermoso y misericordioso,
más participativo
y con una emulación constante y constructiva.
Gracias por los que sacrifican mucho de su tranquilidad
para construir una paz
en la que quepa la fraternidad de tus hijas e hijos.
Todos ellos son bienaventurados
porque serán llamados hijos tuyos,
en tu Hijo Jesús, el bienaventurado absoluto,
porque con su vida,
con sus relaciones contigo y con todos,
puso las bases indestructibles de la paz perpetua.
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