07 de Febrero de 2026
[Por: Rosa Ramos]
“Convivir en paz es cuidar y construir comunidad” (lema del desfile)
Los encuentros nos humanizan, y cuando hacemos fiesta de los encuentros a partir de la realidad y de lo que somos, con autenticidad, sin duda, todos crecemos en humanidad. Acerca de esta experiencia, vivida de diferentes modos, es que reflexiono hoy y les comparto.
No faltan fiestas muy ostentosas, organizadas por “especialistas”, que cobran muy bien su servicio y creatividad, porque cada fiesta debe ser más original que otras, lo que exige más dispendio. Esas fiestas me generan sentimientos ambivalentes, porque me alegra que se celebre una boda o un cumpleaños especial, pero me disgustan tanto el despilfarro como el show armado.
Sin embargo, este texto no va en son de criticar ese tipo de festejos. Quiero destacar el valor profundamente humano de aquellas fiestas más sencillas, donde caben sí el color, la música y el despliegue generoso, pero lo fundamental es la fraternidad, la alegría de celebrar la vida compartida, donde son incluidos todos; siendo también ocasión de reconciliación y de espontaneidad. Esas fiestas saben a reino de Dios y en ellas pregustamos el banquete prometido.
El año pasado compartí en un artículo las hermosas fiestas de cincuenta años de varias amigas que tuve ocasión de vivir, después acompañé otro cumpleaños muy significativo: de noventa, de una mujer admirable. La larga y generosa vida de Libertad merecía un encuentro celebrativo con la gran familia y la comunidad. Una mujer que si no existiera habría que inventarla, porque la sociedad necesita su fe, su grandeza de alma, su alegría expresada en su risa sonora.
Estamos en tiempos de Carnaval y en Uruguay rebasa el calendario oficial, empezando en enero y extendiéndose hasta mediados de marzo. El desfile inaugural fue el 22, y seguirá noche a noche, pero algunos barrios lo adelantan aún más con fiestas muy populares y callejeras. Sin contar que las murgas ensayan durante meses sus repertorios y la música del candombe suena todos los domingos del año en varios sitios. Es el sonido propio de Montevideo y va siéndolo de otras ciudades del país.
Quiero destacar un desfile de comparsas (tradicionalmente de negros y lubolos), que hace veintiún años se realiza a pocas cuadras de mi casa, pero al que concurrí por primera vez este 17 de enero junto con mis amigos-hermanos de Italia. Había recibido la invitación en la parroquia, pues una feligresa amiga trabaja activamente en la comisión social del barrio.
Fue realmente una fiesta popular, que empezó temprano con “la previa”. La gran avenida estaba cortada para los vehículos, de tal modo que ya antes del desfile fue muy disfrutada por los niños corriendo, jugando con pelotas o desplazándose en patines. Las veredas de ambas aceras se fueron colmando de vecinos con sus sillas, su termo y su mate; contemplar la algarabía infantil y esa vecindad lista para el disfrute, ya era conmovedor.
¿Cómo no recordar con una sonrisa y la ternura acrisolada aquella pregunta que me hizo alguien unos días antes de morir, en uno de sus primeros delirios? “Rosa, ¿cuándo es la fiesta?” “Pronto”- le respondí, aunque se tardó un poco. También esta vez se retrasó el comienzo del espectáculo.
El desfile de comparsas fue ovacionado por los vecinos y animado por los organizadores, cada una era diferente, con vestimenta humilde casi todas, diferente al atuendo de las más reconocidas, pero seguramente preparado con mucho esmero y esfuerzos compartidos. La alegría era el denominador común, en el bailar de las jóvenes y el de las “mamas viejas” con “el granillero”, el tocar los tambores o mover las pesadas banderas de un lado al otro de la avenida. Todo se desarrollaba con un sano orgullo y notable sabor a fiesta popular.
La primera en desfilar fue “Balelé”, una comparsa inclusiva, abriendo el pasaje iba su portaestandarte ciego, lo seguían varias personas en sillas de ruedas, que conducidas por asistentes iban de lado a lado de la avenida. Eso ya fue muy impactante, realmente conmovedor hasta las lágrimas. Una joven mujer desfilaba bailando con dos muletas. En el cuerpo de baile y entre los tamborileros se veían personas con síndrome Down y con discapacidad intelectual. Aplausos y lágrimas se confundían en el público, pero los miembros de Balelé avanzaban radiantes.
Los animadores lo decían y luego busqué información, esta primera comparsa inclusiva se creó en el país hace diez años, por iniciativa de una profesora de música que empezó a dar talleres de candombe a personas ciegas y con baja visión, luego para que fuera realmente inclusiva fueron sumándose personas con otras dificultades o sin ellas. Una anécdota más, en el desfile oficial, el 22, por nuestra principal avenida, contó con la participación de Laura Alonsopérez, la esposa de nuestro Presidente, bailarina de profesión. Imagino que fue otra gran satisfacción para Balelé.
Volviendo al desfile barrial del 17, otras comparsas se sucedieron mostrando su arte las bailarinas, el “son” tan particular de las lonjas, que se sienten repiquetear tanto en las calles como dentro del propio pecho… blandían las banderas de calle a calle… Los niños tiraban papelitos de colores, los adultos asistentes también bailaban al ritmo del candombe. Siguieron horas los aplausos y la fiesta.
A diferencia del poema Fiesta, que acaba mal, aquí los vecinos volvieron felices y “abuenados”, la fiesta popular nos había hermanado y humanizado. Grande fue la gratitud a los participantes y a los organizadores. El encuentro, el arte, la fiesta nos hace bien, mucho bien, no porque olvidemos las cuitas personales y los horrores del mundo, sino porque nos recuerda la vocación primigenia.
Traigo aquí la Reflexión de Fin de Año de Cristianisme i Justícia, de los jesuitas. En esa ocasión propusieron una metáfora: Manifiesto zahorí. O el arte de descubrir pozos de agua. Hacían referencia a los zahoríes que son capaces de detectar las corrientes subterráneas. Esta reflexión, sin dejar de tener en cuenta las duras realidades por todos conocidas, se proponía detectar fuentes de agua y concretamente de las celebraciones, del arte y la cultura, decía:
“Estas manifestaciones no pueden menospreciarse o desatenderse. Quizás son el
clamor de un espíritu que no quiere ser reducido a pura psicología y que quiere abrir
ventanas a un viento que sopla para cambiarlo todo. El zahorí sensible posa la varilla
de madera sobre cada una de estas manifestaciones con la esperanza de hallar aguas
claras e inspiradoras para los peregrinos de sentido.”
No podemos dejar que maten el alma y la esperanza, decía como conclusión dicha reflexión. Agrego yo, el año de la Esperanza a nivel eclesial concluyó, pero los cristianos estamos llamados a recordarla y sostenerla siempre. Los encuentros humanos y las fiestas que nos unen, son un modo privilegiado, junto con la solidaridad, para recordarnos la gran esperanza a la que fuimos llamados.
Ver videos:
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