El día que me iban a fusilar

14 de Marzo de 2026

[Por: Juan Manuel Hurtado López]




-Remembranzas de la Guerra Cristera-

 

“Habíamos llegado de traer un puñado de reses, eran unas cuantas vacas, unos toretes y un par de becerros. Unas 12 cabezas de ganado. Ya se había metido el sol y empezaba a oscurecer”.

 

Eso contaba Santiago unos meses después a unos parientes que habían venido del norte, y que estaban interesados en saber cosas de la Guerra Cristera. Les contaba de algo que pudo convertirse en una tragedia.

 

“Habíamos salido un par de semanas atrás de Tierra Caliente –continuó narrando Santiago- allá por Michoacán, y llegábamos a nuestra tierra todos hambreados, cansados y somnolientos. Por fin íbamos a descansar un poco”.

 

No era la primera vez que iban a Tierra Caliente a comprar ganado. Ya habían ido otras tres o cuatro veces allá por Los Reyes, Apatzingán, Nueva Italia, Michoacán. Y siempre regresaban con una buena partida de ganado.

 

Llegamos pues, y metimos el ganado al corral, les echamos un poco de rastrojo, y lo mismo hicimos con los caballos, después de desensillarlos y quitarles el freno. Así nomás los soltamos en el corral. Éramos cuatro vaqueros: Sebastián, Nicolás, Gumersindo y yo”.

 

Eso dijo Santiago, que se acababa de tender en el suelo sobre una piedra laja y recargando su cabeza sobe su sombrero, tal era su cansancio.

 

Los otros tres vaqueros se recostaron también sobre el suelo, muertos de hambre y de cansancio.

 

Al rato llegó la esposa de Santiago, Lucero, con unos tacos de frijoles y unas tazas de chocolate.

 

Los cuatro vaqueros comían y masticaban en silencio. Hasta el aliento se les había ido –bueno, eso parecía-.

 

Ya como a las 9 de la noche, Santiago dijo: “Bueno, muchachos, vamos a descansar, yo tengo mucho sueño”. Y se metió a su casa. Los otros tres vaqueros se fueron a dormir a una troje que estaba ahí cerca.

 

Serían las 10 de la noche cuando de pronto se oyeron unos golpes en la puerta de madera. Eran unos golpes secos, como dados con la culata de un máuser.

 

“Abre la puerta, no te escondas” –se oyó que gritaban allá afuera de la casa- Los golpes se siguieron repitiendo cada vez más agudos y las voces cada vez más fuertes: “¡Que abras! ¿No te estoy diciendo?”

 

“¿Qué hacer? –pensó Santiago- Tengo a mi esposa y a mis tres hijos pequeños. Si no abro, nos van a matar a todos”.

 

Por fin, sudando y con gran temor, Santiago abrió la puerta. No tuvo tiempo de preguntarles “¿Qué se les ofrece, señores?” Así nomás, de repente, el capitán acompañado de dos soldados, ordenó: “¡Agárrenlo y amárrenlo de las manos!”. “¿Pero yo qué he hecho? –alcanzó a exclamar Santiago-.

 

En eso uno de los soldados le vendó los ojos con un paño negro.

 

“Síganme” –ordenó el capitán- Atrás marchaban los dos soldados, y en medio de ellos, Santiago, bien amarrado de las manos y con los ojos vendados.

 

¿Adónde me llevan? –Preguntó Santiago-

 

Ya lo verás esta noche -contestó el capitán indiferente al sufrimiento, incertidumbre y miedo que invadieron el corazón y la mente de Santiago-

 

Santiago pensaba en su esposa y en sus hijos pequeños. Por más que rogó a sus captores que lo soltaran, que él era inocente, ellos ya tenían su plan y lo seguían empujando.

 

Como Santiago iba vendado, de vez en cuando sus pies chocaban con alguna piedra, caían en un pequeño pozo o chocaban con una elevación del terreno.

 

“Ahora si te llevó la…”-comentó con sonrisa irónica uno de los soldados-

Santiago recordó su pasado, su amor por su esposa, sus hijos, sus padres y hermanos. Su mente era un torbellino de ideas, imágenes. Su corazón era un mar de sentimientos, angustias, miedos.

 

“Es que todo fue tan rápido” –pensó Santiago- Hasta el cansancio se le había olvidado. Aquella larga jornada en que arriaron animales desde Tierra Caliente hasta El Arroyo, durante más de dos semanas.

 

“Eso ya quedó en el pasado –pensó Santiago- ahora lo importante es ver cómo salgo de ésta”.

 

Llevaban más de dos horas y media caminando. “¿Adónde me llevarán? –Se preguntaba Santiago-

 

“¿Aquí está bueno, mi capitán? –preguntó uno de los soldados-

 

“No, caminemos un poco más” –contestó el capitán-

 

Para la mente de Santiago todo era muy raro, muy sorprendente, muy desconocido. “¿Me irán a matar?” –Se preguntaba-.

 

Adivinaba un poco el rumbo del camino en el que se encontraban, porque muchas veces había recorrido esos caminos de día y de noche. Pero no acertaba a saber exactamente dónde se hallaban.

 

Por fin el capitán se detuvo.

 

“Aquí está bueno” –dijo el capitán-

 

“Muchachos, ya saben, a hacer su trabajo” –ordenó el capitán a los dos soldados-

 

Era cerca de la una de la mañana. Sólo el silbido del viento se escuchaba en aquella región. El frío calaba un poco los huesos.

 

El capitán se sentó y encendió un cigarrillo, sin ofrecerles a sus ayudantes.

 

A Santiago lo sentaron sobre una piedra y todavía le amarraron los pies. Hasta ahí llegaba el olor a tabaco que se desprendía del cigarrillo que fumaba el capitán. Santiago recordó que también él fumaba y que –pues total, en esa hora tan incierta de su vida, le hubiera gustado fumar también un cigarrillo-.

 

“Ahora sí que te vas a joder”, gritó el capitán.

 

“¿Pero que hice de mal?” –le preguntó Santiago-. ¿Qué no ve que tengo una esposa y tres hijos pequeños?

 

Aquí debemos decir a nuestro lector que durante la guerra cristera pasaban muchos casos muy semejantes a éste que estamos conociendo de la mano de Santiago.

 

Mientras tanto los soldados estaban haciendo el cuadro. Así llamaban a un rectángulo hecho sobre el suelo con sogas o con piedras –a veces cortaban el suelo con alguna barra o una pala de pico- colocaban al detenido en el centro y ahí lo fusilaban.

 

Santiago se encomendó a la Virgen de Guadalupe, esperando todavía que aconteciera un milagro. Ella si podía librarlo de aquella hora, ella era muy poderosa. Santiago reunió toda la fe que pudo: la de sus padres, la de sus abuelos, la de su esposa, la del sacerdote del pueblo y la suya propia, y apretándola como en un racimo, la expresó en una promesa: “Virgen de Guadalupe, Madre Mía, si me libras de esta muerte inminente, yo te prometo que voy a verte desde aquí de mi tierra hasta tu Basílica de México, y lo voy a hacer a pié”.

 

Santiago pensó en Cristo Rey, en San José, en San Miguel Arcángel, los Santos de su devoción.

 

“Mi capitán, ya está hecho el cuadro” –le dijo uno de los dos soldados-.

“Pues desamárrenlo de los pies y pónganlo al centro del cuadro” –ordenó el capitán, agarrando ya su rifle con la mano derecha.

 

Santiago estaba vendado, con las manos amarradas y parado en el centro del cuadro. Todo estaba ya listo para la ejecución.

 

De pronto se oyó un galope de caballos, y en un abrir y cerrar de ojos, ya estaban ahí. Era una partida de soldados comandados por el Coronel Zambrano. Al llegar frenaron sus caballos de manera brusca.

 

“¿Quién es?” –preguntó el coronel Zambrano al capitán-

 

“Es Santiago, el del Arroyo” –contestó el capitán-

 

“A ver, quítenle la venda de los ojos”-ordenó el coronel-

 

En cuanto lo reconoció, dijo: “¡Ah, de ese pobre yo me encargo, que ya le traía ganas de encontrarlo!” –gritó el coronel Zambrano-

 

“Como Usted ordene, mi coronel –contestó el capitán-

 

“Suéltenlo y déjenmelo a mí, que yo me encargo del asunto”.

 

Así se hizo. Hicieron montar a Santiago en un caballo y lo echaron por delante del coronel y sus soldados.

 

Como a los veinte minutos de caminar a media noche, divisaron una loma con un arroyo en el fondo. “Alto ahí” –ordenó el coronel Zambrano-

“A ver tu muchacho –le dijo a Santiago- bájate del caballo y pélale por ese arroyo y escóndete, que no te vuelvan a ver”.

 

A Santiago le temblaban las piernas al intentar correr, pero así y todo, corrió lo que pudo y se perdió en la negrura de la noche y del arroyo.

 

Meses después contó Santiago, que él y su papá les habían dado rastrojo a los caballos de un pelotón de soldados, comandado por el coronel Zambrano, y que les habían dado de cenar a él y a los soldados de la tropa.

 

FIN

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