[Por: Mariela Villalobos]
Corrían los años noventa y yo era una adolescente que formaba parte de un grupo de pastoral juvenil con los hermanos maristas de mi ciudad, Querétaro, en México. En aquellos tiempos, la pastoral juvenil era un espacio de formación cristiana y ciudadana en el que, a través de dinámicas, oración y temas sociales adaptados a la juventud, se nos iba abriendo al mundo. Pero era también un lugar de experimentación.
Muchos de los hermanos maristas regresaban de experiencias vinculadas a la teología de la liberación aprendidas en Centroamérica y América del Sur; otros más, estaban insertos en distintas obras sociales en México. El juego, la oración y el canto se mezclaban con reflexiones de la revista Christus y de la Agenda Latinoamericana, de pasajes de libros de Leonardo Boff (Jesucristo el Liberador), o de jesuitas como Carlos Bravo Gallardo (Jesús, hombre en conflicto y Galilea, año 30), Guillermo Ameche (¿Cómo escuchar al Espíritu?, Catecismo en comunidad), Guillermo Silva (con su conocido cuento de «Tigres y Gatos») o Pedro Trigo (con sus múltiples escritos sobre la comunidad y el cristianismo social). A esto se aunaba el apostolado social semanal en alguna zona periférica de nuestra ciudad…
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