04 de Junio de 2026
[Por: Francisco Javier Burgos]
Contextualidad y relevancia del hecho místico[1]
Vivimos en una época paradójica. Nunca antes la cultura occidental había apostado tan decididamente por el desencantamiento del mundo, y sin embargo, nunca antes habían proliferado con tanta intensidad las búsquedas espirituales, los movimientos de interioridad, los intentos de trascender la superficie ruidosa de lo cotidiano. La secularización no mató a la mística, en todo caso, la desplazó, la fragmentó, y quizás la volvió más urgente.
La pregunta que queremos plantear aquí no es académica. Es una pregunta que toca la vida concreta de quien estudia, trabaja, ama, duda y se pregunta si hay algo más allá del rendimiento, la pantalla y la próxima entrega. ¿Hay espacio —en serio, espacio real— para la mística en el mundo en que vivimos?
Un mundo saturado que tiene hambre
Uno de los rasgos más llamativos de nuestra cultura es su capacidad para producir saturación y vacío al mismo tiempo. Consumimos contenidos a velocidades que habrían parecido absurdas a cualquier generación anterior, y sin embargo el filósofo Gilles Lipovetsky describe nuestro tiempo como "la era del vacío". No es una contradicción: el hiperconsumo y la frivolidad no llenan; a lo sumo, distraen de una herida más profunda.
Juan Martín Velasco, uno de los más lúcidos fenomenólogos de la mística en español, señalaba que el siglo XX —el de la secularización radical— fue precisamente el siglo en que más atención se prestó a la mística, y en que más se estudió la obra de los grandes místicos. La crisis de las religiones establecidas no produjo el fin de lo espiritual, sino su fragmentación y su búsqueda por nuevos cauces. Las espiritualidades al margen de las instituciones, los nuevos movimientos religiosos, la proliferación de prácticas contemplativas en entornos completamente laicos: todo ello habla de una sed que no se apaga con explicaciones científico-técnicas.
Hay en el ser humano una dimensión que resiste la reducción. Podríamos llamarla, con Velasco, la dimensión de trascendencia: esa apertura constitutiva a algo que excede lo inmediatamente disponible, que "forma parte del ser humano y se manifiesta en todos los aspectos de la condición humana". No es una fantasía religiosa: es un dato antropológico que aparece en todas las culturas y en todas las épocas, incluso, y quizás especialmente, en las que declaran haberlo superado.
¿Qué es, en realidad, la mística?
Antes de preguntar si hay espacio para la mística, conviene despejar algunas ideas que más la oscurecen que la iluminan.
La mística no es, en primer lugar, un fenómeno de élite espiritual, reservado a personas extraordinarias que levitan o ven visiones. Tampoco es una forma sofisticada de evasión de la realidad, ni una patología disfrazada de experiencia religiosa. El psiquiatra Ignacio Boné Pina, en su análisis del tema, advierte precisamente contra las dos tentaciones extremas: diagnosticar todo lo espiritual como enfermedad mental, o avalar acríticamente cualquier experiencia inusual como señal de santidad. La lucidez exige discriminación.
En su núcleo, la mística designa una forma de experiencia en la que el sujeto entra en contacto con una realidad que lo trasciende radicalmente y que al mismo tiempo se encuentra en lo más íntimo de sí mismo. San Agustín lo expresó con una precisión que no ha envejecido: “interior intimo meo”. La realidad que el místico encuentra no está en las alturas lejanas, sino en el fondo de la propia persona, allí donde uno es más uno mismo porque uno es más del todo.
Esta experiencia tiene un "cuerpo expresivo" reconocible a través de las culturas y los siglos: un lenguaje marcadamente simbólico y metafórico, porque aquello que intenta decir desborda cualquier concepto preciso; una condición de pasividad radical, pues, el sujeto no conquista la experiencia, la recibe; una certeza oscura pero firme, que no se confunde con la evidencia intelectual; y una transformación de la vida entera hacia una mayor libertad, apertura y capacidad de amar.
Precisamente este último rasgo, la transformación que produce, es uno de los criterios más sólidos para distinguir la mística auténtica de sus imitaciones. Velasco lo subraya: la experiencia mística no empobrece, sino que enriquece. No cierra al místico sobre sí mismo, sino que lo abre hacia los demás con una libertad nueva.
La aportación latinoamericana: mística con los pies en la tierra
Aquí entra en escena una tradición que, para quienes vivimos en este continente, tiene una especial proximidad y urgencia. América Latina ha producido en el siglo XX una forma de comprender la mística que resulta imposible ignorar. Es aquella que nació del encuentro con el rostro sufriente de los pobres.
Gustavo Gutiérrez, teólogo peruano, padre de la teología de la liberación que falleció en 2024, no era solo un intelectual riguroso, sino que era, en palabras de quienes le conocimos, un místico. Su obra, Beber en su propio pozo, es precisamente eso: un intento de describir la experiencia espiritual que late en el corazón de la fe comprometida con los excluidos. Para Gutiérrez, Dios se encuentra de modo privilegiado en el encuentro con los hombres y mujeres concretos, especialmente en los más vulnerables. La espiritualidad no era para él algo añadido a la acción transformadora, sino su raíz más profunda: "sin práctica, la mística se vacía; sin mística, la práctica se agota".
Leonardo Boff, teólogo brasileño franciscano, acuñó una expresión que se volvió clásica en la espiritualidad latinoamericana. Decía: los cristianos han de ser "contemplativos en la liberación". Contemplativos en el propio acto de liberarse y liberar. La unión mística con Dios no se da antes o después de la acción transformadora, sino dentro de ella. Esta intuición, presente también en Ignacio Ellacuría, quien hablaba de "la contemplación en la acción por la justicia", supone una ruptura con una imagen dualista de la espiritualidad que contraponía interior y exterior, oración y compromiso.
Jon Sobrino, jesuita de El Salvador que sobrevivió milagrosamente a la masacre de sus hermanos en la UCA en 1989, testigo directo del martirio como forma extrema de mística, ha hablado de una "liberación con espíritu." la convicción de que no puede haber verdadera transformación histórica sin una experiencia interior de Dios que la sostenga y tampoco puede haber mística auténtica que no lleve a mirar de frente la realidad del sufrimiento injusto.
La teóloga brasileña María Clara Bingemer, profesora en la PUC de Río de Janeiro y figura central de la teología latinoamericana contemporánea, ha trabajado precisamente en esa intersección entre mística, política y feminismo. En su reflexión sobre la crisis climática —que ella vincula directamente con la crisis espiritual de nuestro tiempo, señala que Laudato Si' ha abierto un capítulo nuevo al resaltar el cuidado de la Tierra como forma de mística. Luchar por la Tierra, dice, es luchar por los seres humanos y ambas luchas nacen del mismo fondo de amor.
Esta tradición latinoamericana tiene algo que decirle a los jóvenes universitarios de hoy de un modo muy concreto. la mística no es asunto de personas retiradas del mundo, sino de personas que se sumergen en él con una profundidad diferente. El místico latinoamericano no busca evadirse de la realidad; la habita con una intensidad y una libertad que precisamente brotan de haber encontrado algo más hondo que ella.
La mística y nosotros: tres puntos de contacto
¿Dónde toca todo esto la vida concreta de un universitario del siglo XXI? Señalamos tres lugares de encuentro.
Primero: la oración como laboratorio de lo real. La tradición mística cristiana arranca, en su mayor parte, de la práctica contemplativa de la oración. No la oración entendida como recitación de fórmulas, sino la que Velasco describe como "actualización de la fe": ese ejercicio de trascendimiento y descentramiento en el que el sujeto aprende a salir de sí mismo para encontrar algo más. Para quien estudia en una universidad, la oración contemplativa ofrece algo inusual en nuestro entorno: la práctica de la atención gratuita, de la escucha sin resultado inmediato, del silencio habitado. En un mundo que premia la velocidad y el rendimiento, esto no es fuga, es resistencia.
Segundo: la mística de los ojos abiertos. Jon Sobrino describe la mística de la liberación como una espiritualidad que nace de la "honradez de lo real," es decir, del compromiso de no apartar la mirada de la injusticia concreta que nos rodea. Para una generación que vive en medio de crisis climáticas, migraciones forzadas, desigualdades escandalosas y violencias estructurales que afectan con especial dureza a los más pobres del continente, la "mística de ojos abiertos", en palabras del teólogo Johann Baptist Metz, adoptadas por toda la teología latinoamericana, no es un lujo espiritual, es una fuente de sentido y de energía para no anestesiarse. Figuras como Simone Weil, Etty Hillesum o el obispo mártir Óscar Romero ilustran esta forma de mística que no aparta del dolor del mundo, sino que lo transforma en camino de encuentro con Dios.
Tercero: la "segunda ingenuidad" o el encuentro postcrítico. Muchos jóvenes universitarios se encuentran en una posición de sospecha hacia lo religioso. Han pasado por la crítica ilustrada, han visto los límites y las sombras de las instituciones y no pueden volver inocentemente a creencias precríticas. El psiquiatra Boné Pina, apoyándose en pensadores como Ricoeur, habla de la posibilidad de una "segunda ingenuidad," descrita como la capacidad de acoger el misterio de lo divino no desde la ingenuidad infantil, sino desde el lado de la sospecha ya atravesada. No es credulidad, es apertura madura a lo que excede nuestros modelos. Karl Rahner, por su parte, sugería que el cristiano del futuro sería "místico", es decir vivido por alguien que ha hecho experiencia real de Dios, o que no sería nada. No porque la mística sea una alternativa a la fe, sino porque la fe sin experiencia se vuelve vacía, cáscara.
¿Cómo empieza?
Si la mística es, como sostenemos, una posibilidad inscrita en la condición humana y no un privilegio de unos pocos elegidos, la pregunta práctica es ¿cómo se abre uno a ella?
La respuesta de la tradición es sorprendentemente sencilla y difícil al mismo tiempo, pues es haciéndose disponible. Gutiérrez lo formuló con una imagen bíblica poderosa: hay que "beber en el propio pozo". No en el pozo de los grandes libros de espiritualidad que uno no ha vivido, sino en el pozo de la experiencia propia, en el sufrimiento, la alegría, el encuentro con el otro, la injusticia que indigna, la belleza que abruma, porque ahí, si uno se adentra lo suficiente, encuentra algo que no fabricó uno mismo.
El místico no es alguien que ha alcanzado un estado mental extraordinario, sino que es alguien que ha aprendido a vivir en la superficie del misterio que impregna lo ordinario. El poeta Eloy Sánchez Rosillo, cuyo poema cita Boné Pina, lo describe de manera que vale más que muchas definiciones académicas: la experiencia de lo trascendente puede ocurrir mientras vas por la calle, en tu casa por la noche, en la terraza de una cafetería. "No se puede prever. Sucede siempre cuando menos lo esperas." Lo que cambia es la capacidad de reconocerlo.
Y esa capacidad se cultiva: en la oración y en el silencio, sí, pero también en la lectura de los grandes místicos, en la amistad profunda, en el servicio gratuito, en el contacto con los pobres que, como enseñó Gutiérrez, no son solo destinatarios de nuestra ayuda sino también mediadores de la presencia de Dios. La mística no está al margen de la vida universitaria; está, si se la busca, en su mismo corazón.
La mística: más necesaria que nunca, más latinoamericana que nunca
La pregunta inicial tenía trampa. No era si hay espacio para la mística en nuestro tiempo, sino si somos capaces de abrirlo. El espacio existe, la sed está ahí, el hambre de sentido es evidente, la dimensión trascendente del ser humano no desaparece porque nadie hable de ella.
Para los que vivimos en este continente, la tradición latinoamericana añade una clave que no podemos omitir. La mística no puede ser un asunto privado mientras millones de personas son excluidas de una vida digna. Boff, Gutiérrez, Sobrino y Bingemer nos recuerdan que la experiencia de Dios y el compromiso por la justicia no son dos cosas distintas que luego se articulan, sino que brotan del mismo pozo. Contemplar y comprometerse son, en el fondo, el mismo movimiento del espíritu.
Lo que necesitamos, quizás, es aprender a no confundir el ruido con la plenitud, ni la saturación de estímulos con la vida verdadera. La mística no nos ofrece una escapada de la realidad; nos ofrece una forma distinta de habitarla, desde el fondo, desde el centro, desde ese lugar donde, como decía San Juan de la Cruz, "el alma se hace toda ella medio de percibir a Dios".
En ese lugar, el tiempo se dilata. El mundo se vuelve más claro. Y se descubre, con sorpresa, que siempre había sido bienvenida.
Referencias
Bingemer, María Clara. Mística liberadora. Urgencia de lo esencial para el quehacer de los cristianos hoy.
Boff, Leonardo. Mística y política: contemplativo en la liberación. Madrid: Paulinas, 1991.
Boné Pina, Ignacio. ¿Mística o locura? ¿Es posible distinguirlas?
Gutiérrez, Gustavo. Beber en su propio pozo. Salamanca: Sígueme, 1983.
Sobrino, Jon. Liberación con espíritu. Apuntes para una nueva espiritualidad. Santander: Sal Terrae, 1985.
Velasco, Juan Martín. El hecho místico. Ensayo de fenomenología.
Volumen colectivo: Varios autores. Mística en el Cristianismo y en la Filosofía.
[1] Este artículo intenta ser un recurso para mis hermanas y hermanos que acompañan, animan y tienen presencia en la pastoral universitaria.
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