Dimensión social y profética de la eucaristía

04 de Junio de 2026

[Por: Francisco de Aquino Júnior | Portal das CEBs]




En la celebración de la eucaristía invocamos al Espíritu Santo sobre las ofrendas “para que se conviertan para nosotros en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo” y sobre toda la Iglesia para que, “participando del Cuerpo y la Sangre de Cristo, seamos reunidos [...] en un solo cuerpo”. Es la gran súplica de la Iglesia: “¡Haz de nosotros un solo cuerpo y un solo espíritu!”. Y es el gran milagro eucarístico: transformarnos en el cuerpo de Cristo en el mundo. El Concilio Vaticano II nos recuerda, con San León Magno, que “la participación en el cuerpo y la sangre de Cristo no hace otra cosa sino transformarnos en aquello que recibimos” (LG 26).

 

Esta transformación eucarística de la Iglesia en el cuerpo de Cristo tiene una doble dimensión: “nos une a Cristo y a los hermanos”. La eucaristía nos une de tal modo a Jesucristo que nos hace “participar” de su vida y nos “transforma” en su cuerpo, a través del cual Él continúa vivo y operante en la historia y, por la fuerza del Espíritu, lleva adelante la salvación del mundo. Por la eucaristía, la Iglesia es asociada a la misión de Jesús de anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios. Esta misión se va concretando en la vida fraterna y en el cuidado de la casa común, y tiene en los caídos al borde del camino (Lc 10, 25-37) o en las necesidades de la humanidad sufriente su medida y su criterio escatológicos (cf. Mt 25, 31-46).

 

De ahí el vínculo esencial e indisoluble entre la comunión con el Señor (cena eucarística) y la participación en su misión salvífica en el mundo (vida fraterna, cuidado de la casa común, compromiso con los pobres y marginados), como tantas veces cantamos en nuestras celebraciones: “el pan de vida, la comunión, nos une a Cristo y a los hermanos”; “solo comulga en esta cena quien comulga en la vida del hermano”... Y en esto reside la dimensión social y profética de la cena del Señor: ella no nos aliena del mundo ni nos convierte en cómplices de las injusticias sociales, sino que, por el contrario, nos hace participar de la misión de Jesucristo, comprometiéndonos con los pobres y marginados de este mundo.

 

En una de sus homilías más proféticas, san Juan Crisóstomo insiste en el vínculo esencial entre la participación en la cena del Señor y el cuidado de los pobres. No se puede separar el cuerpo de Cristo que está en el altar del cuerpo de Cristo que está en el pobre:

 

“No penséis que basta para nuestra salvación traer a la Iglesia un cáliz de oro y pedrería después de haber despojado a viudas y huérfanos [...] Si de verdad quieres honrar el cuerpo de Cristo, no permitas que esté desnudo. No lo honres aquí con vestiduras de seda, mientras afuera lo dejas padecer frío y desnudez. Porque el mismo que dice ‘este es mi cuerpo’, es quien dijo ‘me viste hambriento y no me diste de comer’ [...] Aprendamos, pues, a pensar con discernimiento y a honrar a Cristo como Él quiere ser honrado [...] ¿De qué le sirve al Señor que su mesa esté llena de oro, si Él se consume de hambre? ¿Y de qué sirve cubrir su altar con paños bordados en oro, si ni siquiera le procuras el abrigo indispensable?”

 

Existe un vínculo esencial entre la cena del Señor y el lavatorio de los pies. En la feliz expresión de Van Waelderen, un hermano de tradición reformada: “no hay eucaristía sin lavatorio de los pies”. No por casualidad, al rezar por la Iglesia en la eucaristía, suplicamos: “Danos ojos para ver las necesidades y los sufrimientos de nuestros hermanos y hermanas; inspíranos palabras y acciones para confortar a los desanimados y oprimidos; haz que, a ejemplo de Cristo, nos comprometamos lealmente en su servicio...”. Es que la presencia real de Cristo en la eucaristía es inseparable de la presencia real de Cristo en el pobre.

 

La súplica que hacemos en la celebración de la eucaristía para ser transformados en el cuerpo de Cristo debe hacerse realidad en nuestra vida. Y, si realmente somos el cuerpo de Cristo, recordaba Francisco, “seremos sus ojos que van en busca de Zaqueo y de Magdalena; seremos su mano que socorre a los enfermos en el cuerpo y en el espíritu; seremos su corazón que ama a los necesitados de reconciliación, de misericordia y de comprensión”. En esto se manifiesta el milagro, la eficacia y el poder transformador de la eucaristía en nuestras vidas: en transformarnos en aquello que comulgamos: el cuerpo de Cristo. En esto se manifiesta la dimensión social y profética de la eucaristía: en comprometernos radicalmente con la fraternidad y la justicia socioambiental a partir de los pobres y marginados, con quienes Jesucristo mismo se identificó.

 

Publicado en: https://portaldascebs.org.br/dimensao-social-e-profetica-da-eucaristia/

 

* Traducido por Amerindia.

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