[Por: Luis Fernando González Gaviria]
“Todo juego significa algo y en ese significar el ser humano se asoma, sin saberlo del todo, al misterio que lo excede” Johan Huizinga.
El teólogo que se asoma al estadio con los ojos de la fe no encuentra allí una distracción menor del espíritu, sino una de las liturgias seculares más densas de nuestro tiempo.
El rugido de las gradas, el silencio suspendido antes del penal, el abrazo colectivo tras el gol: todo ello constituye una gramática simbólica que, leída desde la espiritualidad mística y la psicología profunda, revela una sed humana de trascendencia que no se agota en la cancha.
No se trata de sacralizar ingenuamente un deporte (el fútbol), sino de reconocer que, en la hondura del juego, el ser humano repite, a su manera, balbuceante y corporal, el gesto primordial de toda religión: salir de sí, congregarse, ofrecerse y, por un instante, ser tocado por algo mayor”…
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