27 de Junio de 2026
[Por: Leonardo Boff]
Las reflexiones realizadas en 1969 por el físico cuántico Werner Heisenberg (formulador del principio de indeterminación de las partículas elementales), en pleno fervor de la “revolución” de la juventud mundial de 1968, siguen siendo fecundas hasta hoy. La conferencia pronunciada ante la Asociación de Científicos Alemanes llevaba por título: “Los cambios en la estructura del pensamiento causados por el progreso de la ciencia”. En realidad, el título originalmente pensado por el autor era “Cómo hacer una revolución”, un eslogan muy propio de la época (véase el texto en Más allá de la física, BAC 370, Madrid, 1984, pp. 221-232).
La prudencia científica de Heisenberg lo llevó a modificar el título para evitar falsas expectativas. Sin embargo, su visión resulta muy pertinente para el tema que aquí abordamos. Como doctorando en la Universidad de Múnich, tuve la oportunidad de escuchar esa conferencia.
Heisenberg muestra cómo ocurren las revoluciones en las ciencias físicas. No suceden porque algunos científicos lo deseen ni porque un líder carismático movilice a sus colegas. Las revoluciones surgen inevitablemente como respuesta a fenómenos nuevos que ya no pueden ser comprendidos dentro de los marcos explicativos vigentes.
Max Planck, uno de los formuladores de la física cuántica y de espíritu claramente conservador, propuso a regañadientes su hipótesis de los cuantos de energía cuando ya no podía interpretar, mediante los principios de la física clásica, los nuevos fenómenos electromagnéticos relacionados con los llamados “cuerpos negros”.
De manera semejante, Albert Einstein no llegó a su teoría de la relatividad simplemente porque lo quisiera. Al estudiar el movimiento de los cuerpos en relación con el éter —supuesto de la física de Newton como elemento estable entre los espacios interestelares—, las categorías de espacio y tiempo dejaron de poder considerarse absolutas y pasaron a ser relativas a la velocidad de las masas. Todo sería relativo a un punto de referencia desde el cual se calcularían las velocidades.
El científico, por conservador que sea (y esa era la tendencia de Einstein), se ve obligado a abandonar ciertas estructuras de comprensión y a proyectar otras nuevas. Estas deben ser capaces de explicar los nuevos fenómenos. De lo contrario, estos permanecen como problemas sin resolver.
Debemos, insistía Heisenberg, evitar en lo posible innovaciones innecesarias. Pero cuando surge un fenómeno que no encuentra explicación ni solución en la comprensión tradicional, entonces la revolución se impone. “El cambio en la estructura mental viene impuesto por los fenómenos, por la propia naturaleza y en ningún momento por la autoridad humana” (op.cit 230-231). Así fue como se pasó de la física de Newton a la física cuántica, del cosmos a la cosmogénesis, de la antropología a la antropogénesis y de la religiosidad a la espiritualidad.
Heisenberg extiende esta lógica más allá del campo de las ciencias hacia otros ámbitos de la historia humana. También allí se verifica la necesidad de cambios de paradigma.
Martín Lutero, recuerda Heisenberg, no quería fundar una nueva Iglesia ni dividir el cuerpo eclesial. Percibió la necesidad de reformar la institución eclesiástica. Advirtió que la concesión de indulgencias a cambio de dinero constituía un abuso de la buena fe de los fieles. Sintió la urgencia de actuar para remediar aquel sacrilegio.
La consecuencia inevitable fue la Reforma, cuyas demandas a la Iglesia católica romana permanecieron vigentes y solo fueron atendidas parcialmente por el Concilio Vaticano II (1962-1965). Por ello se habla de la permanente actualidad del principio protestante: evangélico, liberador y reivindicador del laico como sujeto y no simplemente como oyente pasivo: palabras de Heisenberg.
Comentario personal: Solo se realiza aquella revolución que ha alcanzado su madurez y que responde a una necesidad imperiosa de cambio. Sin ella, los problemas persisten, las crisis se profundizan y las personas pierden la esperanza y el sentido de la vida. Ese parece ser el sentimiento predominante en nuestros días, con 63 lugares con conflictos armados (guerras) y una feroz disputa por la hegemonía mundial.
La revolución representa aquello que debe ser. Y lo que debe ser posee una fuerza propia. No necesita que las autoridades la confirmen ni la rechacen; presta poca atención tanto a conservadores como a progresistas. Los cambios, incluso los más pequeños —los llamados cambios moleculares—, siguen su curso, desplazando viejos fundamentos y consolidando otros nuevos, siempre que respondan a problemas reales todavía no resueltos.
Estos cambios no invalidan lo construido anteriormente. Lo asumen, lo incorporan creativamente y se abren a la comprensión de lo nuevo. Esto exige una nueva teoría, un nuevo lenguaje y, en ocasiones, un nuevo paradigma.
Lo que ocurrió con la nueva física sucedió también con la biología, la comunicación, la psicología, la cosmología y, más recientemente, con la inteligencia artificial. ¿No está ocurriendo algo semejante con la espiritualidad?
Las reflexiones de la conferencia de Heisenberg, como bien recuerdo, mostraban la urgencia de una revolución espiritual acorde con la revolución científica. No se trata de entender la espiritualidad como una deducción de determinadas doctrinas religiosas, que podemos aceptar o no. Se trata de captar la espiritualidad como una dimensión de la propia naturaleza humana, como una experiencia global de re-vinculación de todas las cosas entre sí, de las búsquedas, de los encuentros y de las experiencias de sentido.
Sería como el hilo que une todas las perlas para formar un collar. Se trata, por tanto, de algo necesario para responder a una demanda humana fundamental que no está siendo adecuadamente satisfecha. Por ello posee el carácter de una revolución impostergable.
Creo que Mijaíl Gorbachov tenía razón cuando lo escuché decir, al concluir en el año 2000, bajo la Torre Eiffel, la elaboración de la Carta de la Tierra, uno de los primeros documentos de ecología integral:
“O desarrollamos nuevos valores y una espiritualidad de la Tierra, o no lograremos salvarnos”.
Tenía plenamente razón.
Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA. También es autor de Espiritualidad: un camino de realización (Río de Janeiro, 2016). Información adicional en sitio oficial de Leonardo Boff.
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