02 de Agosto de 2026
[Por: Rosa Ramos]
“Nada te turbe, nada te espante,
todo se pasa, Dios no se muda.
La paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene, nada le falta.
Solo Dios, basta.”
Santa Teresa de Ávila
“No nos bañamos dos veces en un mismo río”
Aforismo de Heráclito de Efeso
Todo pasa. También cuando no quisiéramos que pasara, pasa. El tiempo no se detiene, no podemos retener situaciones, personas... Aquello de Fausto “detente minuto, eres tan bello”, es imposible. Muchas veces es motivo de acción de gracias, otras no es tan fácil asumir que todo pasa.
En el artículo anterior compartíamos sobre el tiempo que tardan los cardones en crecer y florecer: mucho tiempo, cincuenta años, pero “pasan”. También los embarazos humanos con sus nueve largos meses de espera, temores y sueños, pasan. Luego la infancia de nuestros niños pasa demasiado rápido y nos queda la nostalgia de ese tiempo, mezclada con las ansiedades por sus nuevas etapas. Que, asimismo, pasarán.
Entre tanto, fluyen los acontecimientos como los colores que vemos en un caleidoscopio, encuentros y pérdidas, inesperados unos y otras, con sus consiguientes entusiasmos y duelos. Que también pasan. Asombra que aquello que nos cautivó, lo que en cierto momento nos apasionaba, pase, que los intereses se muden por otros. A su vez, conmueve que los duelos pasen, pero tenemos la experiencia de que pasan, tanto a nivel personal como a nivel comunitario.
Se trata de “Vivir a tiempo”, como tituló a su primer libro el sacerdote y querido amigo Pablo Peralta. Todo, todo pasa: se trata de saber abrazar y saber soltar a tiempo, saboreando y agradeciendo todo lo que llega y lo que se va de nuestras vidas con grandeza de alma . De vivir atentos a “la hora”, como Jesús.
Cuando las experiencias de pérdidas y mutilaciones son muy fuertes, traumáticas, como aquellas que son fruto de la violencia, las guerras, terremotos o tsunamis devastadores, procesarlas lleva mucho tiempo, a veces varias generaciones, pero pasan. Las personas, las familias, se reconstruyen o reconfiguran y siguen. Vuelven a trabajar, reír y jugar juntos, los que quedan. También los pueblos se rehacen, asumiendo y cultivando la memoria colectiva. La historia no se detiene.
Todo pasa, pero no en vano, no sin dejar huellas. El poeta Antonio Machado, afirma en uno de sus poemas más conocidos: “todo pasa y todo queda”. Y tantos siglos antes el filósofo griego Heráclito, decía que el río es y no es el mismo río y nosotros somos y no somos los mismos, por eso sentenciaba en su famoso aforismo que jamás nos bañamos dos veces en un mismo río.
¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? Son preguntas que solemos formularnos no en las buenas, sino en las malas, no en los encuentros fecundos, sino en los desencuentros, en las pérdidas.
“Los viejos” con su sabiduría nos invitan a confiar en el trabajo del tiempo “que lo cura todo”. Pero también, creo, que se trata de agradecer lo vivido -cultivar la memoria agradecida por tanto bien recibido- y saber acoger lo nuevo que llega a nuestras vidas. Lo nuevo no será igual que lo roto o lo perdido, que es irrepetible, será diferente.
De la física se tomó y trasladó a la psicología -y por qué no a la espiritualidad- el concepto de resiliencia. Un término nuevo, que nombra algo que las personas y las comunidades ya vivían, pero es valioso poder nombrar. Las personas, las familias, los pueblos, son capaces de resiliencia, es decir de recuperar “la forma”, más exactamente la vitalidad, para volver a creer y volver a empezar. Quizá desde los cimientos, “desde Galilea”, como los discípulos trastornados por la muerte del Maestro.
De encontrar, de perder, de “duelar”, y de seguir encontrando sentidos, se trata la vida. En suma, de ir aprendiendo -con contradicciones y dolor- el duro trabajo de seguir acogiendo la vida, que se ofrece siempre efímera y siempre nueva, de ahí la necesidad de vivir a tiempo y con confianza. Los cristianos creemos que el Espíritu sigue alentando la vida y la esperanza. Siempre.
A modo de aterrizar esta rumia, este discurso un tanto recurrente, citaré la reciente película italiana “Gioia mia, un verano en Sicilia”, escrita y dirigida por Margherita Spampinato.
Los protagonistas son un niño y su tía abuela, con quien el chico debe quedarse un verano, mientras sus padres trabajan y su niñera Violeta, a la que amaba, no puede ocuparse de él porque se va a casar. El encuentro de dos generaciones y culturas tan diferentes no fue bueno, ni fácil, pero Cela y Nico llegan a una relación hermosa y madura. La película es muy hermosa, con esos rasgos del sur italiano: rostros arrugados, cuerpos “normales” no normados, casonas grandes y misteriosas. El niño es de otro contexto, lleva otros hábitos, pero es capaz de afrontar los desencuentros iniciales con esa anciana “rara”, el duelo primero por Violeta y luego por el desencuentro con su nueva amiga Rosa... Pero sobre todo es capaz de aprender una forma de vida nueva que lo abre a valores y mundos desconocidos, al punto de ser él quien ayude a Cela a superar duelos antiguos y nuevos.
La película es un canto a la vida, al convivir con las diferencias. Un canto a la esperanza, al volver a empezar. Esboza varias cuestiones dignas de analizar, en lo personal, me llegó mucho como se aborda el tema del duelo y del “duelar”. La cultura actual de la velocidad niega a las personas y a las comunidades la posibilidad del duelo ante un fracaso o una gran pérdida, una muerte.
En Gioia mía se ve también que todo pasa. Pero allí son importantes el tiempo, los ritos, el ritmo cotidiano, el esperar pacientemente que el duelo pase, confiando en que gane la vida. Y gana. No digo más, creo que ya es suficiente para que deseen ver la película.
Todo pasa. Contra esta afirmación tan radical, seguramente recordarán la de San Pablo a los cristianos de Corinto: “¡el amor nunca pasará!” Es Palabra de Dios, el amor de Dios, que es amar, nunca pasará. El amor humano pasa, al menos se muda, al decir de la santa de Ávila, cambia, pero, cuando es fiel, se recrea. Lo demás, sin duda, pasa, pasan los gobiernos buenos y malos, se caen los imperios, pasan las generaciones…
Pasaremos también nosotros “haciendo caminos sobre la mar”, y, sin embargo, no habrá sido en vano, si vivimos a tiempo y con sentido ese pasar dejando huellas o apenas “estelas en la mar”.
Nada nos turbe, tampoco el pasar, Dios no se muda.
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