[Por: Eduardo de la Serna]
Los que vivimos de cerca la dictadura cívico-militar con bendición eclesiástica no queremos dejar de hacer memoria, de reclamar justicia y exigir verdad.
Eso no nos transforma en ingenuos; sabemos que el poder judicial es parte del mismo sistema cómplice del genocidio; sabemos que los Medios de comunicación fueron - ¡y son! – artífices de la mentira y que el poder económico pretende convencernos que ¡ya está!, que no hay que seguir hurgando la historia. Y es por eso que sabemos que no es cosa de “tener” memoria, verdad y justicia sino de militarlas. No es cosa de que cuatro o cinco preservativos sean encarcelados para invisibilizar a quienes los motivaron, impulsaron y manejaron (“idiotas útiles” los llamaban en mi época); no es cosa de aceptar cuatro o cinco slogans que caricaturicen el pasado; no es cosa de que un tic toc nos “sintetice” lo ocurrido. La verdad es ardua, exige ser investigada, discutida, debatida, pensada; la justicia exige que, hasta el último responsable, por microscópico que sea, pueda ser sancionado si se demuestra su responsabilidad en el genocidio; la memoria es militancia, es hacer memoria, buscar memoria, resistir la negación, el olvido o la complicidad…
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