[Por: Eduardo de la Serna]
Hasta el hartazgo se escucha y se dice, casi como un mantra, casi como un dogma, que la Iglesia no tiene que meterse en política.
¿Qué significa eso? ¿Qué la Iglesia es santa y la política es mala? Ciertamente son discutibles la una y la otra afirmación. Hay momentos y acciones de la Iglesia muy negativos, y hay políticas de justicia y de paz que merecen aplausos. ¿Significa que hay un mundo sagrado y otro mundo profano que no deben tocarse? Ciertamente tampoco es verdadero. La Iglesia es una institución cargada de santidad, pero también de pecado, y la política también. ¿Qué significa, pues? ¿Una división entre lo material y lo espiritual? ¡Evidentemente no! Desde casi siempre la Iglesia acompañó escuelas, universidades, hospitales, ancianatos, comedores populares… Cáritas es emblemático de eso, por cierto. Y, a su vez, la política puede – y cientos de veces lo ha hecho – ser artesana de la paz, buscadora de la verdad, hermana de la justicia. Lo material y lo espiritual, lo sagrado y lo profano y hasta la santidad y el pecado van juntos en la humanidad y también en la Iglesia…
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