[Por: Carlos Jardel | Portal das CEBs]
En mi columna anterior ( léala aquí ), abordé el agotamiento de las Comunidades Eclesiales de Base (CEB) como forma histórica de organización, marcado por cambios estructurales en la sociedad que disolvieron la base social que las sostenía. Ahora, el siguiente paso es tratar un punto aún más delicado. Porque el problema no es solo estructural, sino también interno. Existe una incomodidad que muchos evitan expresar en voz alta, pero las Comunidades Eclesiales de Base corren el riesgo de convertirse en guardianas de la memoria, y no en generadoras del futuro. Y esto no se explica únicamente por la falta de juventud. La raíz es más profunda. Se trata de la dificultad real de redistribuir el poder, revisar los métodos y admitir que el mundo ha cambiado, y demasiado rápido para estructuras que, en muchos casos, siguen funcionando como si nada hubiera cambiado.
Aquí, el análisis sociológico ayuda a llevar el debate más allá del ámbito de la opinión. Como ya señalan las lecturas críticas de la modernidad tardía —pensemos en autores como Zygmunt Bauman y Manuel Castells—, vivimos en una época en la que, en palabras de Bauman, «las relaciones se desvanecen», marcada por la fluidez y la fragilidad de los vínculos; mientras que Castells subraya que «el poder se organiza en redes», desplazando los antiguos centros estables de organización social. Esto no es un detalle. Es un cambio fundamental. Las Comunidades Eclesiales de Base (CEB) nacieron en un contexto de mayor estabilidad territorial, convivencia continua y la construcción paciente de lazos comunitarios. Hoy, la vida está marcada por la movilidad, la precariedad y las conexiones intermitentes. El modelo clásico de comunidad simplemente ya no se ajusta con la misma facilidad…
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